La propiedad era una joya arquitectónica del siglo XIX, rodeada de hectáreas de bosque virgen y un lago que brillaba como plata líquida bajo el sol de la mañana. Sin embargo, la casa principal se veía descuidada. Axel bajó del coche y respiró el aire puro, mientras Emma ayudaba a una Abbie reacia a bajar sus cosas.
—Es enorme... y da un poco de miedo —susurró Abbie, acercándose inconscientemente a Emma.
—Es solo una casa que ha estado sola mucho tiempo, como un libro que nadie ha leído —le dijo Emma, poniéndole una mano en el hombro. Abbie no se apartó esta vez.
Axel se adelantó para hablar con el casero, pero antes de entrar, se giró hacia Emma. —Williams, el casero cree que soy un comprador familiar. Por favor, mantengamos las apariencias. No necesito que los lugareños empiecen a chismorrear sobre "el viudo y la niñera".
Emma asintió, sintiendo un pinchazo de orgullo herido. —Descuide, señor Vane. Sé perfectamente cuál es mi lugar.
La casa por dentro era fría. Axel se instaló en lo que solía ser una biblioteca para trabajar en sus planos, mientras Emma intentaba hacer que la habitación de Abbie fuera acogedora. Fue entonces cuando, explorando un estante viejo en el salón, Emma encontró algo que no esperaba: un piano de cola cubierto por una sábana blanca.
Emma, pensando que Axel estaba sumergido en sus negocios, se sentó y presionó una tecla. El sonido fue melancólico y profundo. Sin pensarlo, empezó a tocar una melodía suave, una que aprendió de una de las monjas en el orfanato. Era una pieza que hablaba de soledad, pero también de esperanza.
No se dio cuenta de que Axel estaba en el umbral de la puerta, observándola. Su expresión no era de enfado, sino de una extraña fascinación dolorosa.
—Mi esposa solía tocar —dijo él. Su voz era apenas un susurro, pero en el silencio de la casa sonó como un trueno.
Emma se sobresaltó y retiró las manos del teclado como si se hubiera quemado. —Lo siento, señor Vane. No sabía... no quería molestar.
Axel entró en la habitación lentamente. Se detuvo junto al piano y pasó un dedo por la madera pulida. —Ella tocaba para que Abbie se durmiera. Desde que murió, nadie ha vuelto a tocar un piano delante mío. No lo haga de nuevo... al menos no cuando yo esté cerca.
No fue una orden cruel, sino el ruego de un hombre que aún sangraba por una herida que no dejaba cerrar. Emma vio en sus ojos, por primera vez, no al magnate, sino al hombre que había perdido su brújula.
—El dolor no se va cerrando el piano, Axel —se atrevió a decir ella, usando su nombre sin darse cuenta—. Se va cuando dejas que la música cambie de melodía.
Él la miró fijamente. La tensión entre ellos era física, una cuerda estirada a punto de romperse. Pero en lugar de acercarse, Axel dio media vuelta y salió de la habitación, dejándola sola con el eco de la última nota.