El Refugio de Tu Mirada

La Cena de las Máscaras

El comedor de la finca olía a cera de abejas y a madera antigua. El casero, el señor Smith, y su esposa habían preparado una cena rústica en honor a "la familia Vane". Axel se había cambiado la ropa de viaje por un pantalón oscuro y una camisa de lino azul, pero su expresión seguía siendo una máscara de control.

Emma, por su parte, se sentía profundamente incómoda. Había tenido que usar uno de los pocos vestidos sencillos que le quedaban, uno de color lavanda que, aunque modesto, resaltaba la curva de sus hombros y la calidez de su mirada.

—Es un placer ver a una familia tan joven interesada en este viejo lugar —dijo la señora Smith, sirviendo una fuente de pollo asado—. La mayoría de los compradores solo ven números, pero se nota que ustedes buscan un hogar para la pequeña.

Emma sintió un nudo en la garganta. Miró a Axel, esperando que él aclarara la situación, pero él simplemente asintió con una elegancia gélida.

—La propiedad tiene potencial, señora Smith —respondió Axel, su voz resonando en las vigas del techo—. Y a Abbie le vendría bien un poco de aire puro.

—¿Y usted, señora Vane? —preguntó el señor Smith dirigiéndose a Emma—. ¿Qué opina de los jardines? Dicen que en primavera son los más bellos del estado.

Emma se atragantó con un sorbo de agua. Axel no la corrigió. No dijo: "Ella es solo la empleada". Simplemente la observó, con esos ojos azules que parecían leerle el alma, esperando ver cómo salía ella del aprieto.

—Yo... bueno, los jardines son impresionantes —logró decir Emma, recuperando la compostura—. Pero creo que lo más valioso de esta casa es la paz que respira. A veces, el silencio es el mayor de los lujos.

La señora Smith sonrió, encantada. —Se nota que es una mujer sensible. Axel, tiene usted mucha suerte. En estos tiempos, encontrar a alguien que valore lo que no tiene precio es raro.

Axel dejó los cubiertos sobre el plato con un sonido metálico que hizo que Abbie levantara la vista. —Lo sé, señora Smith. Créame que soy plenamente consciente de lo "rara" que es la señorita... —se detuvo un segundo, disfrutando del pánico en los ojos de Emma— de lo rara que es mi compañera en este viaje.

Durante el resto de la cena, Emma tuvo que soportar las miradas de aprobación de los Smith y los roces accidentales de Axel bajo la mesa cuando le pasaba la sal o el pan. Cada vez que sus dedos se rozaban, Emma sentía una descarga eléctrica que la quemaba. Era una tortura. Ella sabía que esto era una farsa, una mentira necesaria para el negocio de Axel, pero su corazón, ese que Fabio había dejado en cenizas, empezaba a latir con una fuerza peligrosa.

Cuando los Smith finalmente se retiraron, dejando a los tres solos en el gran salón, la tensión estalló.

—¿Por qué no les dijo la verdad? —susurró Emma, asegurándose de que Abbie estuviera distraída con un libro en el rincón—. Me han llamado "Señora Vane" toda la noche. Esto es mentirles a personas que han sido amables con nosotros.

Axel se levantó y caminó hacia ella. En la penumbra del salón, su figura era imponente. —Era lo más sencillo, Emma. Si les decía que eres la niñera, mañana todo el pueblo sabría que Axel Vane viaja con una mujer joven y hermosa. Los Miller tienen oídos en todas partes. ¿Quieres que Victoria use esto para decir que eres mi amante secreta?

—¡Pero es que no soy nada suyo! —exclamó ella en un susurro airado.

Axel se detuvo a pocos centímetros de ella. Podía oler el jabón de lavanda de su piel y ver el brillo de indignación en sus ojos. —Exactamente. No eres nada mío. Así que deja de actuar como si esta mentira te doliera tanto. Es solo un papel, Emma. Actúa como si fueras la mujer de esta casa por un par de días. No creo que te resulte tan difícil, ya mandas más que yo en mi propia mansión.

—Usted es un hombre arrogante, señor Vane.

—Y usted es una mujer terca, señorita Williams

Se quedaron mirándose, desafiándose en el silencio. Abbie, desde su rincón, cerró el libro de golpe. —Papá, Emma, dejen de pelear. Parecen... —la niña se detuvo, buscando la palabra— parecen de verdad. Como las personas que se quieren.

Ambos se separaron como si les hubieran lanzado agua helada. Axel se aclaró la garganta y salió hacia el porche sin decir una palabra, dejando a Emma con las mejillas ardiendo y una duda que empezaba a crecer en su pecho: ¿Y si la mentira empezaba a sentirse demasiado real?




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