El Refugio de Tu Mirada

Bajo el Mismo Techo, Bajo el Mismo Miedo

La noche en la finca se volvió violenta de repente. Lo que empezó como un viento sutil se transformó en una tormenta eléctrica que hacía vibrar los cristales de las ventanas centenarias. Emma estaba en su habitación, tratando de leer a la luz de una vela, cuando un rayo iluminó el cuarto con una claridad espectral, seguido de un trueno que pareció sacudir los cimientos de la casa.

Un segundo después, la puerta se abrió de golpe. Abbie estaba allí, temblando, con su oso de peluche apretado contra el pecho. Sus ojos estaban desorbitados por el terror.

—Emma... —susurró la niña con la voz quebrada.

—Ven aquí, pequeña —Emma dejó el libro y abrió los brazos. Abbie corrió hacia ella, refugiándose en su regazo. —Es solo ruido, Abbie. Las nubes están haciendo mudanza, eso es todo.

Pero otro trueno, aún más fuerte, hizo que las luces de la casa parpadearan y se apagaran por completo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el llanto sofocado de la niña. En ese momento, unos pasos rápidos se escucharon en el pasillo. Axel apareció en el umbral con una linterna; su rostro era una máscara de preocupación.

—¿Están bien? —preguntó, su voz grave era el único ancla en la oscuridad.

—Tiene mucho miedo, señor Axel —respondió Emma, acariciando el cabello de Abbie—. No creo que pueda dormir sola esta noche.

Axel observó la escena. Emma, sentada en la cama con su camisón de algodón blanco y el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, parecía la viva imagen de la paz en medio del caos. Él tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía pesado.

—La habitación principal es la única que tiene chimenea y está caldeada —dijo él, tratando de recuperar su tono profesional—. Vengan. No quiero que pasen frío ni que Abbie se asuste más.

Caminaron por el pasillo oscuro hasta la enorme habitación que los Smith habían preparado para "el matrimonio Vane". La cama era inmensa, de madera tallada y con mantas de lana gruesa. Axel encendió el fuego y, por un momento, se quedaron allí, los tres, en una cercanía que resultaba casi dolorosa.

Abbie se instaló en medio de la cama, negándose a soltar la mano de Emma. Axel, tras dudarlo un momento, se acostó al otro lado. Emma se sentía rígida como una tabla. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Axel a través de las sábanas. Era la primera vez en años que él compartía una cama, y la primera vez en su vida que ella se sentía protegida y aterrada al mismo tiempo.

—Papá... —susurró Abbie cuando los truenos amainaron un poco—. ¿Crees que mamá se enfadaría si Emma duerme aquí?

El silencio que siguió fue tan denso que Emma dejó de respirar. Axel cerró los ojos, y por un momento, su fachada de hierro se quebró.

—No, Abbie —dijo él con una suavidad que le dolió a Emma en el alma—. Tu madre querría que estuvieras a salvo. Y ella... ella sabía que las tormentas se pasan mejor acompañado.

Emma cerró los ojos también, sintiendo una lágrima traicionera rodar por su mejilla. No era amor, se dijo a sí misma. Era solo la tormenta. Pero cuando el sueño empezó a vencerla, sintió que la mano de Axel, "accidentalmente", rozaba la suya sobre la manta. No la retiró.




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