El Refugio de Tu Mirada

El Lente de la Envidia

A kilómetros de allí, en un bar oscuro de la ciudad, Victoria Miller golpeaba la mesa con sus uñas perfectamente esculpidas. Frente a ella, Fabio, el ex de Emma, bebía un whisky barato con mirada lasciva.

—¿Estás seguro de que están en la finca de los Smith? —Siseó Victoria.

—Mis contactos dicen que sí. Se fueron los tres. Axel, la mocosa y mi "dulce" Emma —dijo Fabio con una sonrisa torcida—. Si quieres fotos de ellos jugando a la casita, solo tienes que pagarle al fotógrafo que envié.

Victoria sacó un sobre con dinero y lo deslizó por la mesa.

—Quiero fotos donde parezca que ella lo ha seducido. Quiero que el mundo piense que Emma Williams es una trepadora que usa a una niña huérfana de madre para meterse en la cama de un millonario. Si Axel quiere guerra familiar, la tendrá. Y tú, Fabio, te encargarás de aparecer en el momento justo para reclamar a tu "novia" frente a las cámaras.

Fabio rió, imaginando el dinero que sacaría de todo aquello. No le importaba Emma, nunca le había importado. Pero verla caer desde tan alto sería el mejor espectáculo de su vida.

El aire en la biblioteca se volvió denso tras la mención de la abuela de Axel. Emma sostenía la carta ambarina entre sus dedos, sintiendo el peso de una historia que no le pertenecía. Axel estaba demasiado cerca; podía ver las motas doradas en sus ojos azules, una calidez que contrastaba con la frialdad de su voz.

—No sabía que los Miller y los Vane tuvieran una enemistad tan antigua —susurró Emma, dando un paso atrás para recuperar su espacio personal—. Pensé que Victoria solo... bueno, que tenía un interés personal en usted.

Axel soltó una carcajada amarga y se alejó hacia el ventanal, dándole la espalda. Sus hombros se tensaron bajo la camisa de lino. —En mi mundo, Emma, el interés personal y los negocios son la misma cosa. Victoria no me ve como un hombre, me ve como el trofeo que su familia no pudo arrebatarle a mi abuela. Casarse conmigo es la última pieza de su rompecabezas de poder.

Emma observó su espalda. Había una soledad tan profunda en él que le dolió. —¿Y usted? ¿Qué ve cuando la mira a ella?

Axel se giró lentamente. Su mirada era de acero. —Veo una obligación. Veo la paz que mi hija necesita, o eso creía antes de que usted llegara y pusiera todo mi mundo del revés con su... —se detuvo, buscando la palabra— con su insistencia en ver el corazón de las cosas.

Emma apretó los labios. No era un cumplido, era una acusación. —Solo hago mi trabajo, señor Vane. Cuidar de Abbie implica cuidar el entorno en el que crece. Y esta finca... este lugar debería ser un santuario, no un campo de batalla para su apellido.

Él la observó en silencio durante un largo minuto. La tensión era eléctrica, pero Axel recordó la promesa que se hizo ante la tumba de su esposa: nunca dejar que otra mujer entrara en su fortaleza. Y Emma recordó el rostro de Fabio cuando la engañó. Ninguno de los dos estaba listo para bajar la guardia.




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