El Refugio de Tu Mirada

La Grieta en la Farsa

Esa tarde, el casero, el señor Smith, entró en el despacho de Axel con un periódico local. —Señor Vane, perdone que lo moleste, pero hay un coche merodeando la entrada desde hace horas. Dicen que son de una revista de decoración, pero no me fío.

Axel se puso en pie de inmediato. Su rostro volvió a ser el del magnate implacable. —Emma, sube con Abbie a la planta de arriba ahora mismo. No se acerquen a las ventanas.

—¿Qué ocurre? —preguntó Emma, alarmada por el cambio de tono.

—Ocurre que la realidad nos ha alcanzado —dijo Axel, cerrando las cortinas con un movimiento brusco—. Victoria no va a dejar que esta "escapada familiar" pase desapercibida. A partir de ahora, señorita Williams, la distancia entre nosotros vuelve a ser de tres metros. No quiero que se diga una palabra más sobre nosotros que no sea estrictamente profesional.

Emma sintió el golpe de su frialdad como una bofetada. —Entendido, señor Vane. No se preocupe, yo tampoco tengo interés en que me vinculen con un hombre que cambia de humor según el viento de la prensa.

Se miraron con hostilidad, volviendo a sus trincheras. La cercanía de la noche anterior se desvaneció, dejando solo el frío de la sospecha.

El viaje de vuelta a Nueva York no tuvo nada de la paz de la finca. El SUV negro de Axel cruzaba los límites de la ciudad bajo una lluvia persistente que empañaba los cristales. Abbie se había quedado dormida en el asiento trasero, ajena a la tormenta mediática que se estaba gestando en sus teléfonos.

Axel no soltaba el volante. Sus nudillos estaban blancos.

—En cuanto lleguemos a la Quinta Avenida, habrá prensa en la puerta —dijo él, su voz era como el cristal rompiéndose—. No diga nada, Emma. No mire a las cámaras. Entre directamente con Abbie y deje que el equipo de seguridad se encargue.

Emma apretó su bolso contra su pecho. La mención de su nombre en los titulares digitales de esa mañana —"¿La nueva cenicienta o una oportunista en la cama del viudo?"— le revolvía el estómago.

—Usted sabe que no ha pasado nada, Axel —susurró ella, usando su nombre por la urgencia del momento—. ¿Por qué se siente como si hubiéramos cometido un crimen?

—Porque en este mundo, la percepción es la realidad hasta que se demuestre lo contrario —respondió él, lanzándole una mirada fugaz y gélida—. Y yo no permito que mi realidad la escriba Victoria Miller




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