Esa misma tarde, mientras Axel seguía en la oficina, el timbre de servicio sonó. Emma, pensando que era un paquete para Abbie, abrió la puerta.
Se quedó sin aliento. El aire pareció abandonar sus pulmones.
—Hola, preciosa. Te ves mucho mejor en las noticias que en el orfanato —dijo Fabio, apoyado contra el marco de la puerta con esa sonrisa torcida que antes a Emma le parecía encantadora y ahora le producía náuseas.
—Vete de aquí, Fabio. Ahora —logró decir Emma, intentando cerrar la puerta, pero él puso su bota sucia en el medio.
—Vamos, Em. No seas así. He visto cómo te defiende el gran Axel Vane. "Estrictamente profesional", dice... —Favio soltó una carcajada— pero yo te conozco. Sé que estás esperando el momento de dar el zarpazo. Y como yo te enseñé todo lo que sabes sobre engañar, creo que me merezco una comisión.
—Yo no engaño a nadie. Tú fuiste el que me robó, el que me traicionó con mi mejor amiga...
—Detalles, detalles —la interrumpió él, acercándose de forma amenazante—. Victoria Miller me ha contado cosas interesantes. Dice que si me aparezco por aquí y causo un poco de ruido, Axel podría pagarme una buena suma para que me pierda en Las Vegas. Dile a tu jefe que tengo "pruebas" de que todavía somos novios y que me robaste información para entrar en su casa.
—¡Es mentira! —gritó Emma.
—Lo es. Pero, ¿crees que a Axel le gustará otro escándalo después de la rueda de prensa de hoy? —Fabio le guiñó un ojo—. Mañana volveré. Dile que prepare el talonario, o la siguiente foto en los periódicos será la nuestra, besándonos antes de que me dejaras por él.
Emma cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella, temblando. Estaba sola en la inmensa mansión. Abbie estaba arriba y Axel no llegaría hasta tarde. El pasado, ese monstruo del que creía haber escapado, acababa de encontrarla en su nuevo refugio.