El Refugio de Tu Mirada

El Peso del Silencio

Emma se quedó apoyada contra la pesada puerta de roble, escuchando cómo los pasos de Fabio se alejaban por el pasillo exterior. Su respiración era errática y sentía un frío glacial recorriéndole la columna. Tenía que llamar a la policía. Tenía que decírselo a Axel.

Pero entonces, las palabras de Axel en la rueda de prensa resonaron en su mente: "La señorita Williams es una empleada impecable... No permitiré que su reputación sea manchada".

—Si le digo que Fabio estuvo aquí, Axel pensará que soy cómplice —susurró Emma para sí misma, apretando los puños—. Pensará que Victoria tiene razón y que traigo el caos a su casa. No puedo perder este trabajo. No tengo a dónde ir.

Subió las escaleras a toda prisa, tratando de borrar la palidez de su rostro antes de encontrarse con Abbie. La niña estaba en su cuarto, rodeada de libros de dibujo. Al ver a Emma, la pequeña frunció el ceño con esa intuición afilada que tienen los niños que han sufrido.

—Estás blanca, Emma. ¿Viste un fantasma? —preguntó Abbie, dejando el lápiz de lado.

—Solo un poco de mareo por el viaje, cariño —mintió Emma, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Qué tal si bajamos a preparar la merienda?

Durante toda la tarde, Emma saltó ante cada ruido. El timbre, el teléfono, incluso el viento contra los ventanales la hacían estremecerse. El acoso de Fabio no era solo una amenaza económica; era la sombra de su pasado recordándole que las huérfanas no tienen finales felices.

Eran casi las nueve de la noche cuando Axel regresó. Entró en la mansión con el abrigo todavía húmedo por la lluvia y el maletín en la mano. Se veía agotado, pero sus ojos buscaron de inmediato a Emma, que estaba terminando de recoger los platos en la cocina.

—La rueda de prensa fue un éxito —dijo Axel, deteniéndose en el umbral. Su tono era neutro, profesional, como si hubiera levantado un muro invisible entre ellos de nuevo. —Las acciones de Vane Global se han estabilizado y la prensa ha empezado a retirar las fotos de la finca.

—Me alegra mucho, señor Vane —respondió Emma sin mirarlo, concentrada en secar un vaso que ya estaba seco—. Es justo lo que necesitábamos.

Axel se acercó un paso. Notó algo extraño en la rigidez de los hombros de Emma. Su instinto le decía que algo no encajaba, pero tras su declaración pública de "distancia absoluta", no se sentía con derecho a preguntar.

—¿Pasó algo mientras no estaba? —preguntó él, su voz bajando una octava—. Pareces... tensa.

Emma sintió el impulso de soltarlo todo. De decirle que Fabio quería dinero, que Victoria estaba moviendo los hilos y que tenía miedo. Pero recordó la cara de Fabio y la posibilidad de volver a estar en la calle, sin Abbie, sin este refugio.

—Nada, señor. Solo el cansancio del viaje —dijo ella, finalmente encontrando su mirada. Sus ojos, generalmente dulces, estaban nublados por el secreto.—Si me disculpa, voy a terminar de acostar a Abbie.

Axel la dejó ir, pero se quedó en la cocina un largo rato, mirando hacia la puerta por la que ella se había ido. Emma nunca le había mentido antes, y él era un experto en detectar engaños. El silencio de ella empezaba a pesar más que sus palabras.




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