Al día siguiente, mientras Emma llevaba a Abbie al colegio, su teléfono vibró en el bolsillo. Era un número desconocido. Cometió el error de contestar.
—Espero que tengas el dinero, Emma —la voz de Fabio era un susurro asqueroso—. Victoria está perdiendo la paciencia. Dice que si hoy no hay un movimiento, mañana enviará un "regalito" al despacho de Axel.
—No tengo dinero, Fabio. Sabes que me lo robaste todo —siseó Emma, asegurándose de que Abbie estuviera lejos, entrando al edificio escolar.
—Entonces pídeselo a tu jefe. Dile que es para una "causa benéfica". O mejor aún, deja la puerta de servicio abierta esta noche. Solo quiero entrar y llevarme algo que compense mi tiempo. Si no lo haces, publicaré nuestra "historia de amor" con detalles que harán que Axel te eche a patadas por mentirosa. Tienes hasta las doce de la noche.
Emma colgó, sintiendo que el mundo se cerraba sobre ella. Fabio no quería solo dinero; quería destruirla para complacer a Victoria.
Pasó el resto del día como un autómata. Preparó la cena, ayudó a Abbie con la tarea y evitó cruzarse con Axel. Sin embargo, cuando el reloj marcó las once, la desesperación la superó. Fue hacia la puerta de servicio, decidida a cerrarla con doble llave y poner la alarma, pero al llegar allí, se encontró con una figura en las sombras.
No era Fabio. Era Axel, que estaba allí de pie, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta decepción.
—Llevas todo el día revisando las cámaras de seguridad desde tu teléfono y mirando hacia la puerta, Emma —dijo Axel, su voz era un trueno contenido—. ¿A quién estás esperando? ¿O es que planeas dejar entrar a alguien que no debería estar aquí?
Emma retrocedió, atrapada entre su miedo a Fabio y la mirada acusadora del hombre que empezaba a importarles más de lo que admitía.