El Refugio de Tu Mirada

La Sombra de la Duda

La luz fluorescente de la entrada de servicio parpadeaba, proyectando sombras erráticas sobre el rostro de Axel. No llevaba chaqueta y su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello, dándole un aire peligrosamente informal. Pero eran sus ojos, fríos como el hielo de un glaciar, los que mantenían a Emma clavada al suelo.

—Te pregunté algo, Emma —repitió él, dando un paso hacia ella. El espacio en el pasillo se redujo drásticamente.—He estado monitoreando el sistema de seguridad desde mi despacho. Has revisado la cerradura de esta puerta siete veces en la última hora. Estás esperando a alguien.

—No estoy esperando a nadie, señor Vane —respondió Emma, tratando de que su voz no temblara. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo. —Solo... solo quería asegurarme de que todo estuviera cerrado. Hay mucha gente extraña merodeando por el escándalo de la prensa.

Axel soltó una risa seca, carente de humor. Se acercó tanto que Emma pudo oler el rastro de whisky y fatiga que desprendía.

—No me mientas. He dirigido empresas en tres continentes y sé cuándo alguien está ocultando un rastro. —Él sacó su teléfono y le mostró la pantalla. Era una captura de la cámara exterior de la tarde anterior. —Ese hombre, el que vino a la puerta de servicio mientras yo no estaba... lo conoces, ¿verdad?

Emma sintió que la sangre se le retiraba del rostro. El silencio se prolongó, volviéndose asfixiante.

—Es... es Fabio —susurró finalmente, bajando la mirada.

—Tu ex-prometido —sentenció Axel. La decepción en su voz cortó a Emma más que cualquier grito.—El hombre que, según tú, te dejó en la calle. El mismo hombre que ahora merodea mi casa. ¿Qué quiere, Emma? ¿Viene a buscar su parte del botín? ¿O es que el plan siempre fue que entraras aquí para darnos el golpe juntos?

Emma levantó la cabeza de golpe, con los ojos encendidos de indignación. El miedo fue reemplazado por una furia pura.

—¿Cómo puede decir eso? ¡Él me está chantajeando! —exclamó en un susurro airado, consciente de que Abbie dormía arriba—. Me pidió dinero para no inventar mentiras a la prensa. Dijo que si no le pagaba, Victoria Miller publicaría que yo todavía estoy con él y que solo estoy aquí para robarle. ¡No le dije nada porque no quería que usted pensara que soy un problema!

—¡Pero lo eres! —rugió Axel, aunque bajó el volumen de inmediato—. Eres un problema porque no confiaste en mí. Salí frente a las cámaras de todo el país para poner mi reputación en juego por ti, ¿y tú me pagas ocultando que un delincuente amenaza la seguridad de mi hija?

—¡Tenía miedo! —gritó ella, las lágrimas empezando a asomar—. Usted dijo que no quería distracciones. Usted dijo que su relación conmigo era "estrictamente profesional". ¿Qué se supone que hace una empleada cuando su pasado la persigue? ¿Ir a pedirle protección al gran magnate que apenas le dirige la palabra si no es para darle órdenes?

Axel se quedó callado, con la mandíbula apretada hasta que le dolió. El dolor en la voz de Emma era demasiado real para ser fingido. Vio su fragilidad, su soledad absoluta, y por un segundo, el muro que había construido alrededor de su corazón flaqueó. Pero el orgullo era más fuerte.

—Si vuelves a ocultarme algo así, estarás fuera de esta casa antes de que salga el sol, Emma —dijo él, aunque su tono ya no era tan duro—. No me importa tu pasado, pero no permitiré que pongas en riesgo a Abbie.

—Él volverá a las doce —dijo ella, secándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano—. Dijo que quería que le dejara la puerta abierta.

Axel miró el reloj de pared. Eran las once y cuarenta y cinco. Su expresión se volvió letal, la misma que usaba cuando iba a destruir a un competidor en la bolsa.

—Bien. Que venga. —Axel se estiró y cerró el cerrojo con fuerza—. Pero no va a encontrar a la mujer indefensa que él cree. Vete a tu habitación, Emma. Ciérrala por dentro y no salgas hasta que yo te lo diga. Esto lo voy a solucionar a mi manera.

Emma quiso protestar, quiso decirle que tuviera cuidado, pero la mirada de Axel era una orden final. Subió las escaleras con el alma en un hilo, escuchando cómo, abajo, Axel apagaba todas las luces de la planta baja, fundiendo la mansión en una oscuridad amenazante.




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