El reloj del vestíbulo dio las doce campanadas, un sonido metálico que pareció retumbar en las paredes vacías de la mansión. Axel estaba sentado en una silla de madera oscura, justo en el ángulo muerto de la entrada de servicio. No había encendido ni una luz. El único brillo provenía de los indicadores LED del panel de alarma, que él mismo había desactivado minutos antes para dejar el camino libre.
Escuchó el sonido metálico de una ganzúa rascando la cerradura. Alguien fuera era un experto, o al menos lo suficientemente desesperado.
La puerta se abrió con un quejido casi imperceptible. Una silueta delgada y nerviosa se deslizó hacia el interior. Fabio llevaba una sudadera con capucha y sostenía una linterna pequeña que movía frenéticamente por el pasillo.
—¿Emma? —susurró Fabio, su voz cargada de una codicia asquerosa—. Más te vale que no me hayas tendido una trampa, preciosa. ¿Dónde está la caja fuerte? Victoria dijo que el despacho está al final del pasillo...
Fabio dio dos pasos más. El aire olía a lluvia y a la colonia barata que él siempre usaba. Justo cuando iba a avanzar hacia las escaleras, una voz profunda y calmada surgió de la oscuridad, haciendo que el intruso saltara del susto.
—El despacho está cerrado, Fabio. Y Emma no va a bajar.
Axel se puso de pie lentamente. Su figura, bañada por la luz de la luna que entraba por un ventanal alto, parecía gigantesca. Fabio soltó la linterna, que rodó por el suelo iluminando sus propios pies temblorosos.
—¿Vane? —balbuceó Fabio, retrocediendo hasta chocar con la puerta cerrada—. Yo... yo solo venía a ver a mi novia. Ella me dejó entrar.
—Tu "novia" te tiene miedo, y eso es algo que no tolero en mi casa —dijo Axel, caminando hacia él con una parsimonia aterradora—. Sé lo que Victoria Miller te pagó. Sé que pretendías robar algo para chantajearme. Pero lo que más me molesta es que te atrevieras a tocar la puerta de la casa donde duerme mi hija.
Fabio intentó sacar algo del bolsillo, tal vez una navaja, pero Axel fue más rápido. Con un movimiento preciso y potente, lo estampó contra la pared, sujetándolo por la solapa de la sudadera. La diferencia de fuerza era abismal.
—Escúchame bien, basura —siseó Axel a escasos centímetros de su cara—. Tengo abogados que pueden hacer que desaparezcas en el sistema penitenciario antes del amanecer. Tengo grabaciones de este intento de robo. Pero voy a darte una opción, porque quiero que le lleves un mensaje a tu jefa.
Fabio jadeaba, con los ojos desorbitados. —¿Qué... qué mensaje?
—Dile a Victoria que si vuelve a usar a alguien para acercarse a mi familia o a mi personal, no iré tras sus abogados. Iré tras el patrimonio de su padre. La arruinaré tanto que no podrá comprar ni un par de zapatos en la Quinta Avenida.
Axel soltó a Fabio, quien cayó al suelo tosiendo.
—Y respecto a Emma... —Axel le propinó un puntapié suave pero amenazante en la bota—. Si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a llamarla o a enviarle un solo mensaje, personalmente me encargaré de que desees no haber nacido nunca. Ahora, lárgate antes de que llame a la policía y les entregue el video de tu entrada forzada.
Fabio no esperó a que se lo repitieran dos veces. Se levantó como pudo y salió corriendo hacia la noche, tropezando con sus propios pies.