Axel se quedó solo en el pasillo, respirando con dificultad. La adrenalina todavía corría por sus venas. Subió las escaleras con paso firme y se detuvo frente a la puerta de Emma. Sabía que ella estaba despierta; podía escuchar el leve sonido de sus sollozos contenidos desde el otro lado.
Llamó a la puerta con suavidad, un contraste total con la violencia de hace unos minutos. —Emma... se ha ido. Ya terminó.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Emma apareció con los ojos rojos e hinchados, abrazada a una almohada como si fuera un escudo. Al ver que Axel estaba ileso, soltó un suspiro tembloroso.
—¿Le hizo algo? ¿Llamó a la policía? —preguntó ella con voz queda.
—No volverá —respondió Axel, apoyándose en el marco de la puerta. Su mirada ya no era gélida, sino cargada de una fatiga existencial.—He dejado claro que si se acerca a ti, se enfrentará a mí.
Emma bajó la cabeza, dejando que un mechón de cabello cubriera su rostro. —Siento mucho haber traído esto a su vida, señor Vane. Tenía razón... soy un problema. Un desastre que vino del orfanato para manchar su casa perfecta.
Axel sintió una punzada de culpa al recordar lo duro que había sido con ella antes. Se acercó un paso, rompiendo la regla de los tres metros, pero se detuvo antes de tocarla.
—Mi casa no es perfecta, Emma. Era una tumba fría hasta que llegaste tú —dijo él, y sus palabras sonaron a confesión—. No te disculpes por el pasado. Nadie elige de dónde viene, pero tú elegiste proteger a Abbie incluso cuando tenías miedo. Eso no es ser un problema. Eso es ser... valiente.
Emma levantó la vista, sorprendida por la sinceridad en su voz. Por un momento, el magnate y la niñera desaparecieron; solo eran dos personas heridas tratando de encontrar un terreno común en la oscuridad.
—Vete a dormir —añadió él, recuperando un poco de su compostura profesional—. Mañana será un día largo. Tenemos que hablar con el equipo legal sobre el orfanato. Victoria no se quedará quieta después de esto.
Emma asintió, sintiendo que, por primera vez en semanas, el peso en su pecho se aligeraba un poco. Axel se dio la vuelta para irse a su habitación, pero se detuvo al final del pasillo.
—Y Emma... —la llamó sin girarse—. Gracias por decirme la verdad. Aunque fuera tarde.