La mañana siguiente al enfrentamiento con Fabio amaneció con una calma engañosa. Emma preparaba el desayuno de Abbie con movimientos mecánicos, tratando de ignorar el temblor de sus manos. Axel no había bajado aún, pero el aroma a café recién hecho llenaba la cocina, creando una atmósfera de hogar que Emma temía perder en cualquier momento.
El sonido estridente del teléfono fijo de la cocina rompió el silencio. Emma contestó, esperando que fuera el pediatra de Abbie o alguna confirmación de compras.
—¿Diga?
—¿Emma? Soy la hermana Teresa... del Hogar de San Judas —la voz de la anciana temblaba, ahogada por un sollozo contenido.
Emma sintió que el mundo se detenía. La hermana Teresa había sido su única figura materna, la mujer que le enseñó que su valor no dependía de quiénes eran sus padres.
—Hermana, ¿qué sucede? ¿Está bien?
—Han llegado unos hombres, Emma... con una orden judicial. Dicen que el edificio tiene fallos estructurales graves y que debemos desalojar en cuarenta y ocho horas. ¡Quieren demolerlo para construir un complejo de oficinas! No tenemos a dónde llevar a los niños, Emma. Las autoridades dicen que serán repartidos en otros centros... van a separar a los hermanos.
Emma se apoyó en la encimera, sintiendo que las náuseas la invadían. Sabía perfectamente quién estaba detrás de esto. Victoria Miller no se había rendido; simplemente había cambiado de objetivo. Si no podía destruir a Emma directamente, destruiría lo único que ella amaba.
—No se preocupe, hermana. No deje que saquen a nadie. Voy para allá ahora mismo.
Emma colgó el teléfono y se giró, chocando casi de frente con Axel. Él estaba impecable en su traje gris carbón, pero sus ojos captaron de inmediato la palidez cadavérica de Emma y las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Axel, su tono era autoritario pero con un matiz de preocupación que no pudo ocultar.
—Victoria... lo ha hecho —susurró Emma, con la voz quebrada por la rabia y el dolor—. Van a demoler el orfanato. Tienen una orden de desalojo de cuarenta y ocho horas. Los niños... van a quedar en la calle o dispersos por el estado.
Axel frunció el ceño. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa. —Ese edificio está en una zona de alta revalorización. He oído rumores de que Miller Inversiones quería ese terreno desde hace meses.
—¡Es por mi culpa! —gritó Emma, perdiendo el control—. Ella me odia porque estoy aquí, porque usted me defendió. Está castigando a niños inocentes solo para herirme a mí.
Emma se desplomó en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. Axel la observó en silencio. Verla así, tan pequeña y derrotada, despertó en él una sensación de injusticia que hacía años no sentía. No era solo por Emma; era por la memoria de su abuela Margaret, quien también había luchado contra los Miller por lo que era justo.
—Señor Vane... Axel... —Emma levantó la vista, sus ojos suplicantes eran puñales de cristal—. Sé que no soy nadie para pedirle esto. Sé que soy solo la niñera. Pero usted tiene el poder, tiene los abogados... por favor, ayúdeme a salvarlos. Le pagaré cada centavo, trabajaré gratis el resto de mi vida, pero no deje que esos niños pasen por lo que yo pasé. No deje que pierdan su único hogar.
Axel mantuvo la mirada fija en ella. La distancia profesional que tanto se esforzaba por mantener se estaba desmoronando bajo el peso de la sinceridad de Emma. Ella no pedía joyas, ni vestidos, ni reconocimiento. Pedía por otros.
—Emma, levántate —dijo él, su voz era un trueno suave—. No te arrodilles ante nadie, y menos por algo que es justo.
—¿Me ayudará? —susurró ella, conteniendo el aliento.
Axel se ajustó los puños de la camisa, recuperando esa aura de poder absoluto que lo hacía legendario en Wall Street. —Mi equipo legal estará en el juzgado en una hora. Pero una orden de demolición acelerada solo se detiene con una contraoferta o una auditoría técnica independiente.
Caminó hacia ella y, por primera vez, puso una mano firme sobre su hombro. El contacto fue breve, pero Emma sintió una corriente de calor que la estabilizó.
—Prepara a Abbie. Hoy no irá al colegio —ordenó Axel—. Vamos a ir al Hogar de San Judas. Quiero ver con mis propios ojos qué es lo que Victoria Miller cree que puede comprar con su dinero. No vamos a permitir que toquen un solo ladrillo de ese lugar, Emma. Palabra de Vane.