El Refugio de Tu Mirada

El Peso de la Maleta

Esa noche, la mansión Vane se sentía más grande y vacía que nunca. Axel estaba en su despacho, probablemente revisando los últimos flecos legales para blindar el orfanato. Emma, en su habitación, miraba su vieja maleta.

No sentía amor por Axel, no todavía. Lo que sentía era una gratitud abrumadora y una admiración profunda por el hombre que no dudó en ponerse frente a una excavadora por ella. Y precisamente porque lo admiraba, no podía dejar que Victoria lo destruyera.

"Si me quedo, arruinaré su carrera. Si me voy como una traidora, lo heriré en su orgullo, pero salvaré el hogar de los niños", pensó Emma.

Tomó una decisión desgarradora. Empezó a guardar sus pocas pertenencias. Cada prenda que doblaba era un recuerdo: el uniforme que usó el primer día, el vestido lavanda de la cena con los Smith...

A las dos de la mañana, Emma bajó las escaleras con la maleta en la mano, evitando los escalones que crujían. Su plan era dejar una nota en la cocina —siguiendo las mentiras de Victoria— y salir por la puerta de servicio hacia la estación de autobuses.

Sin embargo, cuando llegó al vestíbulo principal, una pequeña luz se encendió. Abbie estaba sentada en el último escalón, abrazada a su oso de peluche.

—¿A dónde vas con eso? —preguntó la niña. Sus ojos estaban muy abiertos y llenos de una claridad aterradora.—¿Tú también vas a decir que te vas de vacaciones y no vas a volver nunca, como hizo mamá?

Emma se quedó helada. La maleta golpeó el suelo con un sonido sordo. —Abbie... yo... tengo que irme, pequeña. Es lo mejor para todos.

—¡Mentira! —Abbie se puso de pie, y por primera vez, no gritó de rabia, sino de puro dolor—. Papá dice que tú eres diferente. Él dice que ahora somos un equipo. Si te vas ahora, después de lo que pasó en el orfanato, eres igual que los demás. ¡Eres una mentirosa!

—No es lo que crees... —Emma intentó acercarse, pero Abbie retrocedió.

—¡Papá! —gritó Abbie con todas sus fuerzas—. ¡Papá, Emma se está escapando!

Los pasos pesados de Axel se escucharon en el piso de arriba de inmediato. Emma cerró los ojos, sabiendo que el momento de la verdad —o de la mentira más dolorosa de su vida— había llegado antes de tiempo.




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