El Refugio de Tu Mirada

El Cristal Roto de la Confianza

Axel bajó las escaleras de dos en dos, con la camisa desabrochada y el rostro encendido por la alarma en el grito de su hija. Se detuvo en seco al pie de la gran escalinata, su mirada alternando entre la maleta de cuero gastado en el suelo y el rostro bañado en lágrimas de Emma.

—¿Qué significa esto, Emma? —preguntó Axel. Su voz no era un grito; era algo mucho peor. Era un susurro gélido, cargado de una decepción que cortaba el aire.—¿Abbie tiene razón? ¿Te ibas en mitad de la noche sin decir una palabra?

Emma sintió que las paredes de la mansión se le venían encima. Miró a Abbie, que sollozaba abrazada a su oso, y luego a Axel. La mentira que Victoria le había ordenado decir estaba en la punta de su lengua: "Solo quería su dinero, señor Vane". Pero al ver la mirada de Axel —esa mirada que la había defendido frente a los reporteros y frente a Fabio—, la mentira se deshizo.

—No puedo hacerlo... —susurró Emma, hundiéndose sobre su maleta—. No puedo mentirle a usted también.

Axel se acercó lentamente, ignorando la distancia profesional que tanto pregonaba. Se detuvo a escasos centímetros, obligándola a levantar la vista.

—Habla. Ahora.

—Victoria vino al orfanato —soltó Emma en un estallido de angustia—. Me dijo que si me quedaba en esta casa, ella usaría todo su poder para hundir su empresa. Dijo que los accionistas lo echarían por mi culpa. Me ofreció diez millones de dólares para el hogar de los niños... pero solo si yo me iba de aquí confesando que soy una interesada, para que usted me despreciara y nunca me buscara.

El silencio que siguió fue sepulcral. Axel cerró los ojos un segundo, y Emma pudo ver cómo la vena de su sien palpitaba con una furia contenida que la hizo temblar.

—¿Esa mujer se atrevió a entrar en mi terreno para comprar tu dignidad? —preguntó Axel, su voz vibrando de rabia—. ¿Y tú pensabas que yo preferiría mi empresa antes que la seguridad de las personas que dependen de mí?

—¡Es que ella tiene razón! —exclamó Emma—. Yo solo soy una distracción, un problema legal. Usted ha recuperado este imperio por su familia, por Margaret... no puede perderlo por una niñera.

Axel dio un paso más, rompiendo finalmente cualquier barrera. Tomó a Emma por los hombros, no con rudeza, sino con una firmeza que la obligó a calmarse.

—Escúchame bien, Emma Williams. Nadie, ni Victoria Miller ni nadie en esta ciudad, me dice a quién debo tener en mi casa o a quién debo proteger. Si ella cree que puede usar el dinero para manipular lo que siento... —se detuvo, corrigiéndose de inmediato— para manipular mis decisiones empresariales y personales, está muy equivocada.

Abbie se acercó y tiró de la manga de Axel. —Papá, ¿Emma se queda?

Axel miró a su hija y luego volvió a mirar a Emma. Hubo un chispazo en sus ojos, una determinación que Emma nunca había visto.

—Emma no se va a ninguna parte. Y Victoria Miller acaba de cometer el mayor error de su vida: creer que yo tengo un precio.




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