A la mañana siguiente, el ambiente en la mansión Vane era eléctrico. Axel no fue a la oficina. Se quedó en la biblioteca con tres de sus mejores abogados y un equipo de investigadores privados.
Emma estaba en el jardín con Abbie, tratando de procesar lo que había pasado. Se sentía aliviada, pero el miedo seguía ahí. Victoria no se quedaría de brazos cruzados.
—Emma, el señor Vane quiere verla en el despacho —dijo el mayordomo con una reverencia formal.
Cuando Emma entró, Axel estaba de pie frente al ventanal, mirando hacia el horizonte de rascacielos de Nueva York.
—He tomado una decisión —dijo él, girándose. Se veía imponente, envuelto en un aura de poder absoluto— No vamos a esperar a que Victoria ataque. Vamos a golpearla primero.
—¿Cómo? —preguntó Emma, acercándose a la mesa de roble.
—Ella quería que confesaras que eres una interesada para salvar el orfanato. Pues bien, vamos a darle la vuelta a su juego. He decidido comprar el terreno del orfanato personalmente y ponerlo a nombre de una fundación independiente, fuera del alcance de los Miller. Pero para que el público no sospeche de una "donación irregular", necesito que sigas siendo mi aliada.
Axel sacó un documento. —Voy a nombrarte directora administrativa del proyecto de reconstrucción. Ya no serás "solo la niñera", Emma. Serás la cara de la Fundación San Judas. Si Victoria intenta atacarte ahora, estará atacando a una figura pública respaldada por Vane Global.
Emma leyó el contrato. Era una oportunidad increíble, pero significaba estar aún más cerca de Axel, aún más expuesta.
—¿Por qué hace esto por mí? —susurró ella.
Axel caminó hacia ella y se detuvo a un palmo de distancia. El aire se volvió pesado, cargado de una tensión que ya no era profesional, aunque él se esforzara en que lo pareciera.
—Porque detesto a los matones, Emma. Y porque... —su voz se suavizó apenas un susurro— porque Abbie tiene razón. Somos un equipo. Y yo nunca dejo a nadie de mi equipo.