El Refugio de Tu Mirada

El Rascacielos de Cristal

El lunes por la mañana, el cielo de Manhattan amaneció teñido de un azul eléctrico, frío y cortante. Emma se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación en la mansión. Llevaba un traje de chaqueta entallado de color gris marengo que Axel había enviado a su habitación la noche anterior. No era ropa de niñera; era la armadura de una ejecutiva.

—Te ves... diferente —la voz de Abbie la sacó de sus pensamientos. La niña estaba apoyada en el marco de la puerta, observándola con una mezcla de orgullo y timidez.

—Solo es ropa nueva, Abbie —respondió Emma, tratando de calmar el aleteo de nervios en su estómago—. Pero sigo siendo la misma Emma que te ayuda con las multiplicaciones.

—Papá dice que ahora eres una "directora" —Abbie caminó hacia ella y le ajustó una solapa del saco—. Dice que vas a salvar el hogar de los niños. Eso te hace una superheroína, ¿verdad?

Emma se agachó para quedar a la altura de la niña. Le acarició la mejilla con ternura. —Solo soy una mujer que no quiere que nadie más pierda su casa, pequeña.

Poco después, Emma se encontró sentada en la parte trasera del coche de Axel. El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo. Axel revisaba informes en su tableta, pero Emma notaba que, de vez en cuando, su mirada se desviaba hacia ella.

—El edificio de Vane Global puede ser intimidante —dijo Axel sin levantar la vista del dispositivo—. Habrá susurros. Victoria se ha encargado de que todos sepan quién eres, o al menos, quién ella dice que eres. Mi secretaria, la señora Gable, te entregará tu pase y te llevará a tu despacho. Está justo al lado del mío.

—¿Al lado del suyo? —Emma tragó saliva—. Axel, la gente va a pensar que...

—Que piensen lo que quieran —la interrumpió él, dejando la tableta a un lado y fijando sus ojos azules en ella—. Estás ahí porque conoces las necesidades del orfanato mejor que cualquier ingeniero. Eres mi asesora experta. El resto es ruido.

Al llegar a la Quinta Avenida, el imponente edificio de cristal y acero parecía tocar las nubes. Emma caminó por el vestíbulo de mármol, sintiendo el eco de sus propios tacones. Las miradas de las recepcionistas y los empleados eran como flechas; algunos la miraban con curiosidad, otros con un desprecio mal disimulado. Eran los soldados de Victoria Miller infiltrados en el imperio Vane.

El despacho de Emma era amplio, con una vista impresionante de Central Park. Sobre la mesa de cristal, una placa grabada decía: "Emma Williams - Directora de la Fundación San Judas".

Se sentó en la silla de cuero, sintiéndose una impostora. Pero entonces, vio un pequeño sobre sobre el escritorio. Al abrirlo, encontró una nota escrita a mano con una caligrafía firme y elegante:

"No mires hacia abajo. El suelo es de cristal, pero yo lo sostengo. Bienvenida a bordo. — J.V."

Emma apretó la nota contra su pecho. No era amor, se repitió. Era respeto. Pero en ese mundo de tiburones, el respeto de Axel Vane se sentía como el abrazo más cálido del mundo.




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