Al terminar el almuerzo, Axel miró su reloj de pulsera. El hombre de negocios implacable regresó en un instante. —Son las dos de la tarde. En una hora, el chofer recogerá a Abbie del colegio.
—Tengo que irme con él —dijo Emma, empezando a recoger sus cosas—. No quiero que ella llegue a una casa vacía y sienta que las cosas han cambiado para mal.
—Esa es la condición, Emma —Axel asintió con aprobación—. Tu trabajo en la oficina termina cuando el timbre de la escuela de Abbie suena. Durante la mañana, eres la Directora de la Fundación; por la tarde, eres el ancla de mi hija. He contratado a una asistente para que adelante el papeleo administrativo mientras tú no estás, pero las decisiones finales siempre pasarán por ti. No quiero a nadie más tomando las riendas del proyecto de San Judas.
El regreso a la mansión fue una transición extraña para Emma. En el coche, se soltó el cabello y se quitó la chaqueta del traje, tratando de dejar atrás el aroma a oficina y ambición. Cuando Abbie entró corriendo por la puerta de la mansión, Emma ya estaba allí, esperándola con una sonrisa.
—¡Emma! ¡Mira! —Abbie le mostró un examen con una estrella dorada—. Saqué la mejor nota en historia. ¿Podemos ir al parque a celebrarlo?
Emma miró su tableta, donde los correos de la Fundación seguían llegando, pero la cerró de golpe. —Claro que sí, pequeña. Hoy el parque es todo nuestro.
La paz duró poco. Esa noche, mientras Abbie dormía, Axel llamó a Emma a la biblioteca. Sobre la mesa de centro había una caja negra de una de las boutiques más exclusivas de la Quinta Avenida.
—La gala anual de beneficencia de Vane Global es en tres días —dijo Axel, sirviéndose un whisky sin hielo—. Victoria estará allí y se ha encargado de invitar a todos los accionistas que dudan de tu nombramiento. Quieren verte caer, Emma. Quieren ver a una niñera que no sabe qué cubierto usar.
Emma sintió que el pánico le oprimía el pecho. —Quizás lo mejor sea que no vaya. Puedo decir que estoy enferma.
Axel dejó el vaso y se acercó a ella. Su presencia llenaba la habitación, obligándola a sostenerle la mirada. —Si no vas, les das la razón. Si no vas, el orfanato pierde su mayor oportunidad de conseguir donantes legítimos. Tienes que ir como la Directora Williams, no como mi empleada.
Él abrió la caja. Dentro, envuelto en papel de seda, había un vestido de seda azul noche, con un escote elegante y una caída que parecía líquida.
—Pruébatelo —ordenó Axel con voz suave—. Necesito saber si hay que hacer ajustes. No podemos permitirnos ni un solo error este viernes.
Emma tomó el vestido, sintiendo la suavidad de la seda entre sus dedos. Fue a su habitación y se lo puso. El espejo le devolvió la imagen de una mujer que no conocía. El color resaltaba su piel y la forma del vestido acentuaba sus curvas de una manera sutil pero poderosa. Sin embargo, cuando intentó subir la cremallera de la espalda, sus dedos fallaron. Era imposible alcanzarla.
Con el corazón latiendo a mil, regresó a la biblioteca. —No... no puedo cerrarlo sola.
Axel se acercó. Sus pasos eran lentos, deliberados. Se colocó detrás de ella. Emma podía sentir su respiración en la nuca y el calor que emanaba de su cuerpo. Las manos de Axel, grandes y cálidas, rozaron la piel desnuda de su espalda mientras buscaba el cierre de metal.
Emma cerró los ojos, conteniendo la respiración. El roce de sus dedos era como una descarga eléctrica. Axel tardó más de lo necesario, sus dedos moviéndose con una lentitud que hacía que el aire en la biblioteca se volviera denso, casi irrespirable.
—Listo —susurró él al oído de Emma, pero no se alejó. Sus manos se quedaron apoyadas en sus hombros un segundo de más. —Estás... perfecta, Emma. Victoria no va a saber qué la golpeó.
Emma se giró para darle las gracias, pero al hacerlo, se encontró peligrosamente cerca de él. La distancia profesional de tres metros se había reducido a apenas unos centímetros. En ese silencio, rodeados de libros antiguos y sombras, la farsa de la oficina parecía muy lejana, y la realidad de lo que empezaba a crecer entre ellos, imposible de ignorar.