La noche antes de la gala, el silencio en el piso 44 de Vane Global era absoluto, roto solo por el zumbido de los sistemas de refrigeración. Emma y Axel estaban inclinados sobre una terminal de seguridad en el despacho principal. Alguien había introducido un virus de encriptación nivel militar; los títulos de propiedad del orfanato estaban desapareciendo de la base de datos digital, borrados por un rastro de código que gritaba "Miller".
—No lo entiendo, Axel. He verificado las copias de seguridad tres veces —dijo Emma, frotándose las sienes. El cansancio le pesaba en los párpados como plomo.
Axel se quitó las gafas de lectura y la miró. La luz azul de los monitores tallaba sombras profundas en su rostro, dándole un aire de guerrero cansado. —Victoria no quiere el terreno, Emma. Quiere el vacío legal. Si los documentos originales "desaparecen" y las copias digitales se corrompen, el ayuntamiento ejecutará la demolición por defecto administrativo en 24 horas. Es un movimiento quirúrgico.
Pasaron las siguientes cuatro horas en una danza de teclados y llamadas a expertos en ciberseguridad. En un momento de pausa, Axel se levantó para buscar café. Al regresar, encontró a Emma dormida sobre el escritorio, con la mejilla apoyada en un fajo de informes.
Se quedó allí, observándola. La mujer que había llegado a su casa como una niñera asustada se había convertido en el pilar que sostenía su cordura. Con una ternura que se prohibía a sí mismo sentir, Axel tomó su abrigo de lana y la cubrió con suavidad. Al rozar su hombro, Emma despertó sobresaltada.
—¿Lo logramos? —preguntó ella, con la voz ronca por el sueño.
—Lo logramos —susurró Axel, su rostro a centímetros del suyo—. El equipo de seguridad rastreó el ataque hasta una oficina fantasma en Nueva Jersey. Tenemos las pruebas, Emma. Mañana, en la gala, no solo salvaremos el orfanato; vamos a exponer quién es realmente Victoria Miller.
La noche de la gala, el Hotel Plaza resplandecía bajo miles de cristales de Bohemia. Emma bajó del coche oficial sintiendo que el vestido azul noche era su única protección. Axel, impecable en un esmoquin negro a medida, le ofreció el brazo.
—Respira —le susurró él al oído mientras subían la escalinata de mármol—. Eres la mujer más poderosa de esta sala porque eres la única que no tiene nada que ocultar.
Al entrar al gran salón, el murmullo de la élite neoyorquina se detuvo. Los flashes de las cámaras estallaron. Victoria Miller, vestida con un rojo agresivo que parecía sangre, los esperaba junto a la mesa de honor, rodeada de accionistas de Vane Global.
—Axel, querido. Qué sorpresa que traigas a... tu empleada a un evento de este calibre —dijo Victoria, elevando la voz para que los periodistas escucharan—. Supongo que los estándares de la junta han bajado tanto como tus intereses personales.
Axel no se inmutó. Su mandíbula se apretó, pero su voz fue seda pura. —Victoria, te presento a la Directora Williams, jefa de la Fundación San Judas. No es una invitada, es la ponente principal de la noche. Aunque entiendo que para alguien que intenta demoler hogares de niños, el concepto de "beneficencia" sea difícil de procesar.
El golpe fue directo. Victoria palideció, pero su sonrisa se volvió letal. —¿Directora? Qué título tan pintoresco para alguien con un pasado tan... callejero. ¿Por qué no nos cuentas, Emma, sobre tus días en el orfanato? O mejor aún, ¿por qué no dejas que alguien de tu "familia" lo haga?
Victoria hizo una señal hacia la entrada. El corazón de Emma se detuvo. Fabio entró en el salón. No llevaba un esmoquin, sino un traje barato que intentaba ser elegante, y una expresión de suficiencia que a Emma le revolvió el estómago.