El lunes amaneció con un clima hostil. Las portadas de los tabloides no hablaban de otra cosa: "¿Escándalo o Romance? El CEO de Vane Global protege a una niñera con pasado delictivo". Axel leyó los titulares en su despacho mientras el café se enfriaba sobre su mesa. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolía.
No le importaba su reputación, pero ver el nombre de Emma arrastrado por el barro de las mentiras de Fabio y Victoria le provocaba una rabia primitiva.
—Señor Vane, la Junta Directiva lo espera en la sala de conferencias —anunció Gable por el intercomunicador—. La señora Eleonor también está allí. Se ve... decidida.
Axel se puso de pie, ajustándose el saco. Antes de salir, miró la foto de Abbie que tenía en su escritorio. Recordó a Emma y a su hija dormidas en el sofá el sábado. Un calor desconocido le recorrió el pecho. La amo, pensó por primera vez de forma consciente. Y ese pensamiento lo asustó más que cualquier crisis financiera.
—No —susurró para sí mismo—. No puedo decir nada. Si admito que siento algo, Victoria la destruirá para llegar a mí. Debo mantenerla a distancia. Por su propio bien.
La sala de juntas de Vane Global era un santuario de cristal y caoba. Doce hombres y mujeres de rostros severos rodeaban la mesa. Eleonor Vane presidía el extremo opuesto a Axel.
—Axel, esto ha ido demasiado lejos —comenzó Eleonor, lanzando un periódico sobre la mesa—. Esa mujer es un imán para el desastre. Has puesto en riesgo el valor de nuestras acciones por un capricho de beneficencia... o algo peor. Exigimos la destitución inmediata de Emma Williams como Directora de la Fundación y su salida de tu casa.
Axel se reclinó en su silla con una calma aterradora. Sus ojos eran dos pozos de sombra.
—La señorita Williams ha logrado en dos semanas lo que este consejo no pudo en años: limpiar la imagen de responsabilidad social de la empresa de forma genuina. Y lo que es más importante —Axel hizo una pausa, su voz bajando a un tono peligroso—, ella es la razón por la que mi heredera, Abbie Vane, ha vuelto a sonreír.
—¡Es una niñera, Axel! —chilló un accionista.
—Es el pilar de mi hogar —rugió Axel, poniéndose de pie y apoyando las manos en la mesa—. Si alguno de ustedes cree que tiene el derecho de dictar quién entra en mi casa o quién dirige mis proyectos filantrópicos, pongan su renuncia sobre esta mesa ahora mismo. Porque si Emma Williams se va, yo me voy con ella. Y me llevaré mis patentes, mi capital y el nombre de mi familia.
El silencio fue absoluto. Eleonor palideció. Nadie se atrevía a dejar que Axel se fuera; él era el cerebro del imperio.
—Se queda —sentenció Axel—. Pero para acallar los rumores, a partir de hoy, mi relación con ella será estrictamente profesional y administrativa. No habrá más apariciones públicas juntos. Ella hará su trabajo y yo el mío.
Al salir de la sala, Axel se sintió vacío. Había salvado el puesto de Emma, pero a cambio, se había condenado a sí mismo a tratarla como a una extraña.