Mientras tanto, en la mansión, el ambiente no era mejor. Los empleados murmuraban en los pasillos mientras limpiaban. Emma estaba en la biblioteca tratando de concentrarse en los planos del orfanato cuando Abbie entró, con los ojos rojos.
—Emma, los niños en el colegio dicen cosas feas —sollozó la niña, escondiendo el rostro en el regazo de Emma—. Dicen que ese hombre malo era tu novio y que tú eres una mentirosa.
Emma sintió que el corazón se le rompía. No le importaba lo que pensaran los adultos, pero que su pasado hiriera a Abbie era insoportable.
—Abbie, escúchame —Emma le tomó la cara entre las manos—. En la vida, a veces nos equivocamos con las personas en las que confiamos. Ese hombre fue un error de mi pasado, pero tú y tu papá son mi presente. No dejes que las mentiras de otros apaguen tu luz.
En ese momento, Eleonor Vane entró en la biblioteca sin llamar. —Vaya, qué escena tan conmovedora —dijo con sarcasmo—. Abbie, vete a tu cuarto. Tengo que hablar con esta mujer.
—¡No! —gritó Abbie, poniéndose delante de Emma como un pequeño escudo—. No le hables así. Emma es de mi familia. Si quieres ser mala, vete a tu casa, tía Eleonor.
Eleonor se quedó de piedra. Nunca nadie, y menos una niña, la había desafiado así. —Axel ha criado a una salvaje —siseó la mujer antes de dar media vuelta y retirarse.
Emma abrazó a Abbie con fuerza. —Gracias, pequeña guerrera. Pero no debiste hablarle así a tu tía.
—Ella no es mi tía si te hace llorar —respondió Abbie con una madurez que asustaba—. Papá me dijo que cuidara lo que amo. Y yo te amo a ti, Emma.
Axel llegó a la mansión tarde esa noche. Emma lo esperaba en el vestíbulo, ansiosa por saber qué había pasado en la junta. Cuando escuchó el motor del coche, se alisó el vestido y se preparó para darle las gracias.
Axel entró, pero su mirada no buscó la de ella. Estaba rígido, con el rostro de mármol.
—Axel... —comenzó ella, dando un paso adelante—. Me han dicho que defendió mi puesto. No sé cómo agradecerle...
—No hay nada que agradecer, Directora Williams —la interrumpió él. Su voz era tan fría que Emma retrocedió un paso, desconcertada.—Hice lo que era necesario para proteger los intereses de Vane Global y la estabilidad de mi hija. Mañana la espero en la oficina a las ocho en punto. Tenemos mucho que revisar sobre el presupuesto de San Judas.
Emma se quedó paralizada. ¿Dónde estaba el hombre que la había abrazado en el despacho hace unas noches? ¿Dónde estaba el Axel que le había subido la cremallera del vestido con tanta ternura?
—¿Pasó algo malo en la reunión? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Axel se detuvo en la escalera, pero no se giró. Le dolía el pecho de solo escuchar su voz, pero sabía que si la miraba, se rendiría. —Lo que pasó es que recordé cuál es mi lugar y cuál es el suyo. Por favor, asegúrese de que Abbie cene a tiempo. Buenas noches.
Axel subió las escaleras, dejando a Emma sola en la penumbra del vestíbulo. Ella no lo sabía, pero Axel estaba apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en sus palmas. Había empezado la farsa más difícil de su vida: fingir indiferencia mientras su alma gritaba por ella.