Esa tarde, al regresar a la mansión para cuidar a Abbie, Emma buscó refugio en la biblioteca mientras la niña terminaba su tarea en el jardín. Necesitaba entender la mente de Axel. Empezó a organizar unos estantes olvidados cuando, detrás de una enciclopedia de leyes antiguas, encontró una pequeña libreta de cuero color lavanda.
Tenía el nombre de Florencia, la difunta esposa de Axel, grabado en letras doradas. Emma sabía que no debía, pero la curiosidad y el dolor la empujaron a abrirla.
"14 de julio. Axel ha vuelto a dormir en el despacho. Dice que me ama demasiado y que por eso tiene miedo de que su mundo me destruya. Él cree que el poder es una maldición que mancha todo lo que toca. No entiende que mi único refugio es él, no su dinero."
Emma cerró el diario de golpe. Un escalofrío le recorrió la espalda. Axel no era solo frío por arrogancia; era frío por un miedo traumático. Florencia se sentía excluida por la misma protección asfixiante que Axel estaba aplicando ahora con ella. Él alejaba a las personas para que la "suciedad" de sus enemigos, como los Miller, no las alcanzara.
—Él no me odia —susurró Emma, abrazando el diario contra su pecho—. Me está echando de su vida porque tiene miedo de perderme como la perdió a ella.
Al día siguiente, el destino decidió forzar el encuentro que Axel tanto evitaba. Abbie tuvo un pequeño accidente en el recreo: se había caído de un columpio y el colegio llamó a ambos.
Axel y Emma llegaron al hospital casi al mismo tiempo. Él entró en la sala de urgencias como un huracán, apartando a cualquiera que se cruzara en su camino. Emma ya estaba allí, sentada junto a Abbie, que tenía una venda en la rodilla y el rostro manchado de lágrimas.
—¡Abbie! —exclamó Axel, cayendo de rodillas frente a la camilla. Sus manos temblaban mientras le acariciaba el rostro.—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Solo fue un raspón, papá —dijo Abbie, hipando—. Emma llegó rápido. Ella me curó antes que el doctor.
Axel levantó la vista hacia Emma. Por un segundo, el muro de "Señor Vane" se derrumbó. Sus ojos mostraron una angustia tan pura y una gratitud tan profunda que Emma sintió que podía tocarla. Él extendió la mano hacia ella, sus dedos rozaron el brazo de Emma, buscando apoyo en medio del pánico.
—Gracias... —susurró él, y por un momento, volvió a ser el Axel que ella conocía.
Pero entonces, el médico entró en la sala y Axel recordó dónde estaba. Se puso de pie bruscamente, recuperando su máscara de mármol. Se aclaró la garganta y se ajustó la corbata, alejándose de Emma como si su contacto quemara.
—Asegúrese de que tome sus medicamentos, Williams —dijo con voz cortante—. Tengo una reunión importante que no puedo posponer. Gracias por cumplir con su deber.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a Emma con el corazón a medio camino entre la esperanza y la desesperación. Abbie miró a Emma con tristeza.
—Papá está triste, Emma. Por eso habla así. Él cree que si no nos quiere fuerte, las cosas malas no dolerán.
Emma suspiró, acariciando el cabello de la niña. La batalla por el corazón de Axel Vane iba a ser mucho más larga y difícil de lo que imaginaba, y Victoria Miller no era su única enemiga; el mayor rival era el propio miedo de Axel.