El Refugio de Tu Mirada

El Centinela y la Fiebre

La noche cayó sobre Manhattan con un silencio sepulcral, solo interrumpido por el silbido del viento contra los ventanales de la mansión. Abbie no había pasado una buena tarde; el susto del accidente en el colegio y el raspón en la rodilla habían desencadenado una fiebre terca que se negaba a bajar de los 38.5 grados.

Emma no se había movido del lado de la cama de la niña. Llevaba una palangana con agua fresca y paños de hilo, refrescando la frente y las muñecas de Abbie con una paciencia infinita.

A las tres de la mañana, la puerta de la habitación se abrió suavemente. Axel entró sin chaqueta, con la camisa blanca arrugada y las mangas remangadas hasta los codos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por el alcohol o el trabajo, sino por la pura angustia de saber a su hija enferma.

—¿Cómo está? —preguntó él en un susurro, acercándose a la cama.

—La fiebre está empezando a ceder, pero ha estado delirando un poco —respondió Emma sin mirarlo, concentrada en escurrir el paño—. Se durmió hace apenas diez minutos.

Axel se dejó caer en el sillón de orejas que estaba al otro lado de la cama. Enterró el rostro en sus manos y dejó escapar un suspiro largo y pesado que pareció vaciarle los pulmones. En la penumbra, iluminados solo por la suave lámpara de noche con forma de estrella, Axel no parecía el CEO implacable de Vane Global. Parecía un hombre que llevaba el peso del mundo sobre sus hombros.

—Debería ir a descansar, Axel —dijo Emma suavemente—. Yo me quedaré con ella. Mañana tiene esa reunión con los inversores de Londres.

—No puedo dormir, Emma —confesó él, y el uso de su nombre de pila en lugar de "Williams" hizo que el corazón de ella diera un vuelco—. Cada vez que cierra los ojos y respira con dificultad, vuelvo a esa noche en el hospital... hace tres años.

Emma dejó el paño y lo miró. La vulnerabilidad en la voz de Axel era casi tangible. —Usted no es responsable de lo que pasó con Florencia. No puede controlar la vida y la muerte, por mucho poder que tenga en su oficina.

Axel levantó la cabeza y la miró fijamente. Sus ojos azules brillaban con una intensidad febril. —Ese es el problema. Pasé toda mi vida creyendo que si era lo suficientemente inteligente, lo suficientemente rico y lo suficientemente precavido, podría mantener a salvo a las personas que amo. Pero la realidad es que el amor te hace débil, Emma. Te da un punto ciego por donde el mundo puede entrar y destruirte.

—El amor no es una debilidad, Axel —susurró ella, acortando la distancia entre ellos sin darse cuenta—. Es lo único que hace que valga la pena luchar contra este mundo tan frío.




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