El Refugio de Tu Mirada

La Caricia Prohibida

El silencio volvió a reinar, pero esta vez estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el aire pesara. Abbie se removió en sueños, buscando la mano de Emma. Emma se la dio, y Axel, movido por un instinto que no pudo frenar, puso su mano sobre la de Emma, sellando el vínculo sobre la pequeña colcha de la niña.

El contacto fue como un incendio. Emma sintió el calor de la palma de Axel, áspera y firme, sobre el dorso de su mano. Él no se alejó. Al contrario, sus dedos se entrelazaron con los de ella en medio de la penumbra.

—Sé que he sido un bastardo estos últimos días —dijo Axel, su voz apenas un hilo de sonido—. Sé que te he tratado con frialdad en la oficina. Pensé que si levantaba ese muro, si te mantenía a distancia de "Directora Williams", Victoria y mi tía te dejarían en paz. Pensé que podía protegerme de lo que siento por ti tratándote como a una desconocida.

Emma sintió que el aliento se le escapaba. Él lo había admitido. No con un "te amo", pero sí con la confesión de que sus sentimientos eran la razón de su frialdad.

—No quiero que me protejas así, Axel —respondió ella, girando su mano para que sus palmas se tocaran—. Prefiero enfrentar a los Miller de frente que enfrentar tu silencio cada mañana. No me dejes sola en esa oficina de cristal.

Axel se inclinó hacia delante, su rostro quedando a centímetros del de ella. Emma podía oler el aroma a café y sándalo que siempre lo acompañaba. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Los labios de Axel rozaron la frente de Emma, un beso casto pero cargado de una promesa desesperada.

—Lo intentaré —susurró él contra su piel—. Pero si las cosas se ponen feas, Emma... si Victoria intenta algo más contra ti, no me pidas que sea razonable.

La mañana llegó con una luz grisácea y la fiebre de Abbie finalmente desapareció. Pero mientras la paz regresaba a la habitación, la tormenta estallaba en el mundo exterior.

Axel se había ido a la oficina temprano para preparar la defensa de Emma, pero antes de que ella pudiera salir hacia Vane Global, el mayordomo le entregó un sobre certificado. No era de la oficina. Tenía el membrete de la Secretaría de Educación y Trabajo de Nueva York.

Emma lo abrió con dedos temblorosos.

"Se notifica a la señorita Emma Williams que se ha iniciado una investigación formal sobre su idoneidad para el cargo de Directora de la Fundación San Judas. Se han recibido denuncias sobre la falsificación de credenciales académicas y la omisión de antecedentes penales vinculados a su relación con el ciudadano Fabio Ruiz. Su acceso a los fondos de la fundación queda congelado hasta que se resuelva la auditoría."

Victoria no había atacado a Axel. Había atacado la legalidad del puesto de Emma, sabiendo que Axel no podría defenderla sin que pareciera nepotismo o corrupción ante la junta.

Emma se desplomó en una silla del comedor. Victoria había encontrado la forma de quitarle su propósito: el orfanato. Si ella no podía gestionar los fondos, las obras de reconstrucción se detendrían ese mismo día, y los niños volverían a estar en peligro.

—No voy a dejar que ganes, Victoria —siseó Emma, secándose una lágrima de rabia—. Axel tiene su forma de luchar, pero yo tengo la mía.

Emma tomó su bolso y, en lugar de ir a la oficina de Axel, se dirigió a la única persona que conocía todos los secretos de Victoria Miller: su propio padre, el anciano Arthur Miller, quien se encontraba retirado en una clínica de reposo de lujo. Sabía que era un movimiento arriesgado, pero si quería salvar a San Judas, tenía que dejar de ser la protegida y empezar a ser la jugadora.




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