El Refugio de Tu Mirada

La Subasta de las Almas

Mientras Emma obtenía esa información vital, Axel estaba viviendo su propio infierno en la ciudad. Victoria había jugado su carta más audaz: aprovechando el vacío legal de los fondos congelados, había forzado una subasta de deuda del terreno del orfanato.

Axel entró en la sala de subastas privada de Manhattan. La atmósfera estaba cargada de testosterona y ambición. Victoria estaba allí, luciendo un collar de diamantes que, como Emma sabía ahora, pertenecía originalmente al joyero de Florencia.

—Axel, llegas justo a tiempo para ver cómo compro tu pequeño proyecto de caridad —siseó Victoria, acercándose a él con una sonrisa triunfal—. Admítelo, sin el acceso a los fondos de la Fundación que yo bloqueé, no puedes justificar este gasto ante tu junta sin que parezca un desvío de capital personal.

Axel la miró desde su imponente altura. No había furia en su rostro, solo un desprecio gélido que era mucho más hiriente.

—Te equivocas en algo fundamental, Victoria —dijo Axel, su voz resonando en la sala como un trueno—. ¿Crees que necesito el dinero de Vane Global para aplastarte?.

El subastador anunció el precio de salida del terreno: cinco millones de dólares.

—Diez millones —dijo Victoria, levantando su paleta sin parpadear.

—Cincuenta millones —respondió Axel, con una calma que hizo que los presentes contuvieran el aliento.

Victoria palideció. —¡Axel, eso es ridículo! El terreno no vale ni la cuarta parte. Tu junta te destituirá si usas los fondos de la empresa para esto.

—No estoy usando fondos de la empresa, Victoria. Y mucho menos el fideicomiso de Abbie —Axel dio un paso hacia ella, su sombra cubriéndola por completo—. Este dinero sale de mi cuenta personal. Es el precio que estoy dispuesto a pagar para que dejes de ensuciar el nombre de las personas que me importan. ¿Vas a subir la apuesta o vas a retirarte a tu rincón como la sombra que siempre has sido?

Victoria apretó los dientes, su rostro transformándose en una máscara de odio y frustración. No podía competir con la fortuna personal de uno de los hombres más poderosos del mundo. El mazo del subastador cayó tres veces.

—Vendido al señor Axel Vane.




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