Axel regresó a la mansión con el título de propiedad en su maletín de cuero, pero con el alma agotada. Había ganado el terreno, pero la guerra con Victoria estaba lejos de terminar. Al entrar, esperaba encontrar a Emma en la biblioteca, pero el mayordomo le informó que ella aún no había regresado.
La preocupación empezó a carcomerlo. ¿Y si Victoria le había hecho algo? ¿Y si Fabio la había interceptado?
Justo cuando iba a llamar a su equipo de seguridad, la puerta principal se abrió. Emma entró, pálida y con la ropa algo desarreglada, pero con una mirada de determinación que Axel no le había visto nunca. En su mano, sostenía un viejo sobre lacrado.
—¿Dónde has estado? —Rugió Axel, caminando hacia ella. El alivio se mezclaba con la rabia de haber estado al borde de un ataque de pánico. —Te dije que era peligroso salir sola después de lo de la gala.
—He estado asegurándome de que Victoria Miler no vuelva a dormir tranquila en su vida —respondió Emma, manteniendo la distancia. Sabía que Axel estaba actuando bajo el escudo de la frialdad, pero ella ya no tenía miedo. —He visto a Arthur. Y he encontrado esto.
Emma dejó el sobre sobre la mesa. Axel reconoció la letra de inmediato: era la caligrafía de Florencia.
—Victoria ha estado usando tu culpa contra ti, Axel —continuó Emma, su voz suavizándose—. Ella te hizo creer que Florencia murió queriendo dejarte, ¿verdad? Por eso te cierras a todo el mundo. Pero este diario prueba que Victoria manipuló las últimas cartas de tu esposa. Florencia te amaba hasta su último aliento. Victoria lo cambió todo para que tú sintieras que el amor era tu ruina.
Axel retrocedió, golpeando accidentalmente una silla. Sus manos temblaban mientras miraba el sobre. Toda su estructura de frialdad, todo su muro de "protector solitario", se basaba en la mentira de que su amor había matado el espíritu de Florencia.
—¿Por qué has hecho esto? —susurró Axel, su voz quebrándose por primera vez—. Podrías haberte ido con el dinero del orfanato a salvo. Podrías haberme dejado con mis fantasmas.
Emma se acercó, pero no lo tocó. Respetó el espacio que él tanto se esforzaba en mantener, aunque sus ojos gritaban todo lo que su boca tenía prohibido decir.
—Porque usted merece saber la verdad, señor Vane —dijo ella, recuperando el tono profesional que él le había impuesto—. Y porque Abbie merece un padre que no tenga miedo de mirar al futuro.
Axel la miró, y por un segundo, el deseo de abrazarla y confesarle que ella era su único futuro fue tan fuerte que casi rompe su promesa. Pero el miedo a Victoria —a lo que una mujer despechada y obsesiva podía hacer ahora que estaba acorralada— lo obligó a cerrar el puño.
—Gracias, Emma —dijo él, recuperando su máscara de mármol con un esfuerzo sobrehumano—. Ahora, por favor, ve a descansar. Mañana tenemos que formalizar el traspaso del terreno. El trabajo no ha terminado.
Emma asintió, con una punzada de dolor en el pecho. Sabía que él la amaba, lo veía en la forma en que sus ojos la seguían, pero entendía que la batalla final contra la obsesión de Victoria apenas estaba por comenzar.