Emma sabía que Axel no podía pelear esta batalla con dinero o poder; eso solo lo haría parecer más arrogante ante los servicios sociales. Ella era la que tenía que limpiar su propio nombre y demostrar que Victoria no era la "santa amiga" que pretendía ser.
Esa misma tarde, Emma llamó a la trabajadora social a su despacho en la Fundación.
—Usted cree que soy una oportunista —comenzó Emma, poniendo sobre la mesa los diarios originales de Florencia que había recuperado—. Pero quiero que lea esto. No son mis palabras, son las de la esposa del señor Vane.
La trabajadora social frunció el ceño, pero empezó a leer. En las páginas, Florencia describía cómo Victoria Miller intentaba manipularla, cómo le robaba joyas y cómo intentaba sembrar la discordia entre ella y Axel.
—Victoria Miller no quiere el bienestar de Abbie —continuó Emma con voz firme—. Está obsesionada con una mujer muerta. Ella no era la amiga de Florencia; era su sombra, su acosadora. Y ahora intenta hacer lo mismo conmigo. Si usted saca a Abbie de este hogar, estará entregando a una niña sana y feliz a las manos de una mujer que padece una obsesión enfermiza.
Mientras Emma luchaba en el frente administrativo, Axel estaba en su biblioteca. Tenía el teléfono en la mano, listo para llamar a sus contactos en el gobierno y "hacer desaparecer" la investigación. Pero recordó las palabras de Emma sobre la verdad. Si usaba su poder para silenciar la investigación, le daría a Victoria la prueba de que tenía algo que ocultar.
Decidió esperar. Decidió confiar, por primera vez en su vida, en alguien más que en sus abogados o en su cuenta bancaria. Decidió confiar en Emma.
Dos días después, la trabajadora social regresó. Axel y Emma la esperaban en el vestíbulo, ambos rígidos como estatuas.
—He terminado mi evaluación —dijo la mujer. Miró a Axel y luego a Emma.—He hablado con los profesores de Abbie, con el pediatra y he leído los documentos que la señorita Williams me entregó. El informe concluirá que la denuncia es infundada y malintencionada. Abbie Vane está en un entorno excelente.
Emma dejó escapar un sollozo de alivio. Axel cerró los ojos y su cuerpo pareció encogerse mientras soltaba la tensión acumulada.
—Sin embargo —añadió la mujer—, señor Vane, le sugiero que resuelva sus conflictos personales con la señorita Miller. Una guerra de este tipo, a largo plazo, termina afectando a los niños.
Cuando la mujer se fue, Axel se giró hacia Emma. Estaban solos bajo el gran candelabro del vestíbulo. El impulso de Axel de tomarla en sus brazos y besarla por haber salvado a su familia fue casi insoportable. Dio un paso hacia ella, su mano se levantó para acariciar su mejilla... pero se detuvo a mitad de camino.
"Si la toco, si la hago mía, Victoria nunca se detendrá. La próxima vez no será una trabajadora social, será algo peor", pensó él.
—Buen trabajo, Williams —dijo él, su voz volviendo a ser el acero frío de siempre—. Ha protegido su puesto y la estabilidad de mi hija. Puede tomarse el resto de la tarde libre. Yo tengo que ir a la oficina a terminar el acuerdo de San Judas.
Emma sintió el latigazo de su frialdad. No entendía cómo podía pasar de casi tocarla con ternura a tratarla como a una desconocida en un segundo.
—¿Eso es todo lo que tiene que decir? —preguntó ella, con la voz quebrada por la frustración—. Casi perdemos a Abbie, Axel. Casi nos destruyen. ¿Y me da la tarde libre?
—¿Qué quiere que diga, Emma? —rugió él, perdiendo el control por un instante—. ¿Quiere que le diga que estoy aterrorizado de cuánto la necesito? ¿Quiere que le diga que cada vez que Victoria la ataca, siento que me arrancan la piel? No puedo darle eso. No puedo darle el arma que mis enemigos necesitan para terminar de hundirnos. Ahora, vaya a su habitación. Es una orden.
Axel salió de la mansión, dejando a Emma llorando de rabia y tristeza. Él no se daba cuenta, pero al intentar protegerla del odio de Victoria, la estaba matando de soledad.