El Refugio de Tu Mirada

El Refugio de Pino y Sombra

El viaje hacia las montañas de Catskill se realizó en un silencio tenso. Axel conducía su SUV personal en lugar de usar al chofer, buscando una apariencia de normalidad que no sentía. Abbie se había quedado dormida en el asiento trasero, abrazada a su oso, mientras Emma miraba por la ventanilla cómo los rascacielos de cristal eran reemplazados por bosques espesos y colinas envueltas en bruma.

—Esta cabaña no figura en los registros públicos de la familia Vane —dijo Axel, rompiendo el silencio tras dos horas de viaje—. Es un lugar que compré antes de casarme. Ni siquiera Victoria sabe que existe. Aquí estaremos a salvo de los paparazzi y de las notificaciones judiciales por unos días.

—¿A salvo de ellos o a salvo de la realidad, Axel? —preguntó Emma en un susurro, sin apartar la vista del paisaje.

Axel apretó el volante. Sus nudillos estaban blancos. —A veces, la realidad es un lujo que no podemos permitirnos, Williams.

Llegaron a una construcción de madera noble y grandes ventanales que colgaba prácticamente sobre un lago privado. El aire era puro, frío y olía a resina. Al entrar, la cabaña se sentía como una cápsula del tiempo: muebles de cuero gastado, una chimenea de piedra inmensa y estanterías llenas de libros que nadie había leído en años.

Esa noche, después de que Abbie se instalara en su habitación y cayera en un sueño profundo gracias al aire de montaña, Axel y Emma se encontraron en el salón principal. Él estaba tratando de encender la chimenea, peleando con unos troncos rebeldes.

—Deje que lo ayude —dijo Emma, arrodillándose a su lado. Sus manos se rozaron al acomodar la leña, y ambos se tensaron como si hubieran tocado un cable de alta tensión.

Axel se apartó bruscamente y se puso de pie, caminando hacia el ventanal que daba al lago oscuro. —No deberías haber venido, Emma. Debería haberte enviado a un hotel en la costa. Tenerte aquí, bajo el mismo techo, sin la barrera de mi escritorio... es una tortura que no merezco.

Emma se levantó lentamente, limpiándose las manos en los jeans. —¿Por qué me trata como si fuera un castigo? He salvado su fundación, he cuidado de su hija y he recuperado los diarios que le devolvieron la paz sobre su esposa. ¿Qué más tengo que hacer para que deje de huir de mí?

Axel se giró, y la luz de las primeras llamas de la chimenea bailó en sus ojos, dándole un aspecto salvaje. —¡No estoy huyendo de ti! Estoy huyendo de lo que me haces sentir. Victoria no me asusta por lo que puede hacerme a mí, me asusta porque sabe que si te pasa algo, yo perderé la poca humanidad que me queda. Ella lo sabe, Emma. Ella ve cómo te miro cuando tú no te das cuenta.

—¿Y cómo me mira, Axel? —Emma dio un paso hacia él, desafiando el frío que él intentaba proyectar.

Axel no respondió con palabras. Cruzó la distancia que los separaba y la tomó por los hombros, su respiración agitada chocando contra el rostro de ella. Por un segundo, Emma pensó que la besaría, que finalmente el muro caería. Pero él cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella, un gesto de rendición y agonía.

—Te miro como un hombre sediento mira un espejismo —susurró—. Con la esperanza de que seas real, pero con el terror de que, si me acerco demasiado, desaparezcas y me dejes solo en el desierto otra vez.




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