La oficina de Axel estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de las pantallas que mostraban gráficos de la bolsa de valores. Frente a él, Demain revisaba una tableta con movimientos precisos. Demian no era solo un empleado; era el hombre que conocía los secretos de los Miller mejor que ellos mismos.
—Victoria ha construido su imperio sobre una red de favores y créditos inflados, Axel —dijo Demian, con su característica voz carente de emoción—. Cree que su apellido es un escudo, pero en realidad es un blanco.
—No quiero que solo pierda dinero, Demian —respondió Axel, observando la ciudad desde su ventanal—. Quiero que cada puerta que intente abrir se le cierre en la cara. Quiero que descubra que, sin su chequera, no es nadie para esta ciudad.
Demian asintió. Ya había empezado a mover las piezas. No necesitaban armas; el teclado y las influencias de Axel eran mucho más letales.
El martes por la mañana, Victoria Miller llegó a su oficina en la Quinta Avenida, pero su tarjeta de acceso no funcionó. El guardia de seguridad, un hombre que la había saludado con sumisión durante años, la miró con una mezcla de lástima y frialdad.
—Lo siento, señorita Miller. Las oficinas han sido precintadas por una auditoría externa —dijo el guardia.
—¿De qué estás hablando? ¡Soy la dueña de este edificio! —gritó ella, pero su voz se quebró cuando vio salir a Demian del ascensor privado.
—Ya no, Victoria —dijo Demian, extendiéndole un documento legal—. Axel Vane ha comprado la deuda hipotecaria de este inmueble a través de una subsidiaria. Debido a las irregularidades encontradas en sus declaraciones de impuestos, que mis analistas han enviado esta madrugada al Tesoro, el edificio está bajo custodia legal.
Victoria retrocedió, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era un robo; era una ejecución legal perfecta. Axel no le estaba quitando sus cosas; estaba demostrando que nunca fueron realmente suyas.