El Refugio de Tu Mirada

Un Picnic en la Alfombra

Esa misma noche, Emma dio el primer paso para recuperar su vida. En lugar de la cena formal en el gran comedor de mármol, subió a la habitación de juegos de Abbie. Encontró a la niña sentada frente a su casa de muñecas, con los hombros caídos y una expresión de soledad que le partió el corazón.

—¿Me queda un lugar en este banquete? —preguntó Emma, asomando la cabeza.

Abbie se giró y sus ojos se iluminaron de una manera que ningún contrato millonario podría comprar. —¡Emma! Pensé que hoy también tenías "reuniones importantes" con papá.

—Las reuniones importantes se terminaron por hoy —dijo Emma, sentándose en la alfombra y quitándose los zapatos—. Hoy el menú es sándwiches de mermelada y té de mentira. ¿Me sirves un poco?

Pasaron las siguientes dos horas jugando. Emma volvió a ser la mujer que contaba historias con voces diferentes, la que no tenía miedo de mancharse el vestido con témperas y la que escuchaba los miedos de Abbie sobre el colegio. La niña, que había estado retraída durante semanas mientras Emma "ascendía" en la empresa, volvió a ser la pequeña habladora de siempre.

Axel apareció en la puerta un rato después. Se quedó apoyado en el marco, observando la escena en silencio. Ver a Emma en el suelo, con el cabello alborotado y riendo con Abbie, le recordó por qué se había enamorado de ella. No era por su capacidad para manejar a Demian o a los Miller; era por su luz.

—Papá, ven, Emma dice que tú puedes ser el dragón del castillo —gritó Abbie.

Axel, el hombre que esa misma mañana había provocado la caída de un imperio financiero, se arrodilló en la alfombra sin dudarlo. —Está bien, pero advierto que este dragón tiene mucha hambre.

A la mañana siguiente, el ambiente en la mansión era distinto. Emma bajó a desayunar con su ropa de siempre: jeans cómodos y un jersey de lana. Demian la esperaba en el vestíbulo con una carpeta llena de documentos urgentes, pero ella lo detuvo con un gesto amable.

—Demian, a partir de hoy, solo dedicaré tres horas por la mañana a la Fundación. El resto del tiempo estaré aquí, con Abbie. Si hay algo que requiera una firma, envíalo por correo. No iré a la oficina hoy.

Demian miró a Axel, buscando una orden, pero Axel solo asintió con una media sonrisa. —Has oído a la jefa, Demian. Emma ha decidido que las prioridades de esta casa han vuelto a su sitio.

Sin embargo, volver a la sencillez no significaba que el peligro hubiera pasado del todo. Mientras Emma y Abbie preparaban galletas en la cocina, un sobre sin remitente llegó a la puerta de servicio. No era para Axel, ni para la "Directora Williams". Era para "Emma, la niñera".

Emma lo abrió mientras Abbie sacaba los moldes. Dentro había una foto vieja y desgastada de un grupo de niños en un patio de juegos que Emma reconoció de inmediato: era el orfanato San Judas de hace veinte años. En la foto, una joven Emma sonreía a la cámara, pero detrás de ella, una figura borrosa parecía estar vigilándola.

En el reverso de la foto, una letra descuidada decía: "No todos los secretos se quedaron en las cenizas, Emma. Algunos de nosotros seguimos vivos, y sabemos por qué te eligieron a ti para entrar en la casa de los Vane".

Emma sintió un escalofrío. Su pasado, ese que ella creía haber dejado atrás al convertirse en la protectora de Abbie, estaba llamando a su puerta de nuevo. Y esta vez, no era Victoria Miller con sus juegos de poder; era algo mucho más personal y oscuro que vinculaba su propia infancia con la familia Vane.




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