La tarde caía sobre los jardines de la mansión, tiñendo el cielo de un rosa suave que se filtraba por los ventanales de la biblioteca. Abbie estaba sentada en la alfombra, rodeada de sus lápices de colores, pero no dibujaba. Tenía la mirada perdida en un retrato de Florencia que colgaba en la pared opuesta.
Emma entró en la habitación con dos tazas de chocolate caliente, cuyo aroma dulce llenó el aire pesado. Se sentó en el suelo, ignorando la silla de terciopelo, y dejó las tazas a un lado.
—A veces, las fotos nos cuentan historias, pero no nos dan abrazos, ¿verdad? —dijo Emma en un susurro, con una voz tan suave que parecía una caricia.
Abbie se giró y, sin decir una palabra, se arrastró hasta el regazo de Emma y escondió la cara en su cuello. Emma la rodeó con sus brazos, sintiendo la fragilidad de sus hombros y el latido rápido de su corazón. Ya no era la "señorita Williams" ni la "niñera"; era el refugio de una niña que llevaba demasiado tiempo sola en una casa demasiado grande.
—Hueles a vainilla, Emma —susurró Abbie, apretándola más fuerte—. Las otras niñeras olían a perfume caro y a impaciencia. Ellas siempre miraban el reloj. Tú nunca miras el reloj cuando estás conmigo.
—Porque el tiempo con las personas que queremos no se cuenta en minutos, Abbie. Se cuenta en momentos —Emma empezó a trenzarle el cabello con dedos expertos, un gesto que se sentía natural, casi ancestral.
Desde el umbral de la puerta, Axel observaba la escena. Su nombre oficial era el de un magnate, pero en ese instante, al ver a Emma cuidando de su hija, se sentía simplemente como un hombre hambriento de esa paz. Dio un paso hacia ellas, pero se detuvo. No quería romper la burbuja de cristal que Emma había creado.
Sus ojos se encontraron con los de Emma por encima de la cabeza de Abbie. No hubo palabras de amor ni declaraciones grandiosas. Solo hubo una mirada: una de gratitud infinita por parte de él y una de promesa silenciosa por parte de ella. Axel sintió un nudo en la garganta. Nunca se lo había dicho, pero amaba la forma en que Emma se arrodillaba para estar a la altura de los ojos de su hija. Eso, para él, valía más que todos sus negocios.