Esa noche, Emma decidió que las reglas de la mansión debían cambiar, aunque fuera por unas horas. Le pidió a los cocineros que descansaran y se puso un delantal viejo que había traído en su maleta el primer día. Quería cocinar algo sencillo: pasta casera, como la que recordaba de sus días más felices.
Abbie la ayudaba, con la cara manchada de harina y una risa que resonaba en las paredes de azulejos blancos. Axel llegó del trabajo y se quedó paralizado en la puerta de la cocina. En lugar del silencio sepulcral y la mesa servida por mayordomos, encontró el caos más hermoso que había visto en años.
—Señor Vane, llegó justo a tiempo. Abbie dice que usted es un experto en amasar —dijo Emma, extendiéndole un poco de masa con una sonrisa traviesa.
Axel se quitó el saco y se remangó la camisa. Sus manos, acostumbradas a firmar acuerdos multimillonarios, se hundieron en la harina siguiendo las instrucciones de Emma. Sus dedos se rozaron accidentalmente sobre la mesa de madera. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero Axel sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo. Retiró la mano rápidamente, asustado por la intensidad de lo que sentía, pero no pudo evitar buscar la mirada de Emma otra vez.
Cenaron en la mesa de la cocina los tres juntos. No hablaron de la Fundación, ni de Victoria, ni de la bolsa. Hablaron de las estrellas que se veían desde la ventana y de los sueños de Abbie de ser veterinaria.
—Emma, ¿puedes cantarme hoy la canción de la luna? —preguntó Abbie mientras bostezaba, apoyando la cabeza en el hombro de Emma.
—Claro que sí, pequeña —respondió ella, dándole un beso en la frente.
Axel observaba cómo Abbie buscaba el contacto físico de Emma de forma constante, como si fuera su ancla. Ya no la llamaba para pedirle cosas; la llamaba simplemente para saber que estaba allí. En la mente de la niña, el espacio que antes ocupaba la ausencia de una madre ahora se estaba llenando con la calidez de Emma.