Después de acostar a Abbie, Emma salió al balcón que daba al jardín para respirar el aire fresco de la noche. Se sentía cansada, pero con una paz que no recordaba haber tenido nunca. Axel apareció a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, aunque sus ojos no se apartaban de ella.
—Gracias por lo de hoy, Emma —dijo él, su voz grave vibrando en el silencio nocturno—. Hacía mucho tiempo que esta casa no se sentía como un hogar. Abbie... ella te mira como si fueras su mundo.
—Y ella es el mío, Axel —respondió Emma, mirando hacia las sombras de los árboles—. Al principio, me quedé porque ella me necesitaba. Ahora me doy cuenta de que yo también la necesitaba a ella. Y quizás... —se detuvo, sin atreverse a terminar la frase.
Axel dio un paso más cerca. El aroma a sándalo y lluvia de su colonia envolvió a Emma. Él levantó una mano, dudando si tocarla o no. Finalmente, dejó que sus dedos rozaran apenas el mechón de cabello que el viento había despeinado sobre el rostro de Emma. Fue un gesto tan lleno de ternura y contención que a Emma se le cortó el aliento.
—Sé que te he pedido mucho —susurró Axel, su rostro a pocos centímetros del de ella—. Te pedí que cuidaras a mi hija, que entraras en mi mundo lleno de espinas... Pero lo que más me asusta es que te has convertido en la razón por la que quiero ser un hombre mejor.
Emma lo miró a los ojos, buscando al Axel real, al que no necesitaba trajes ni abogados. No se dijeron "te amo", porque las palabras se sentían pequeñas frente a la conexión que palpitaba entre ellos.
—No tienes que ser un hombre mejor para mí, Axel. Solo tienes que ser el hombre que Abbie y yo vemos cuando las luces se apagan y solo somos nosotros tres.
Él asintió lentamente, su mano bajando por la mejilla de ella en una caricia que fue más una promesa que una despedida. Se separaron en silencio, cada uno yendo a su habitación, pero con el corazón latiendo al mismo ritmo. La historia de la niñera humilde y el magnate solitario estaba dejando de ser un cuento de hadas para convertirse en una historia de amor real, tejida con hilos de chocolate caliente, harina y la risa de una niña que finalmente había encontrado a su madre en el lugar menos esperado.