Emma fue la primera en abrir los ojos. Se encontró con la respiración acompasada de Abbie contra su hombro y, al otro lado, la mano de Axel que todavía rodeaba la suya con una firmeza protectora, incluso en sueños. No se movió. Sabía que si se levantaba, rompería el hechizo de esa noche.
Se quedó observando el rostro de Axel. Sin la máscara de "Señor Vane", se veía joven, casi vulnerable. Las líneas de tensión de su frente habían desaparecido. Emma sintió un vuelco en el corazón al recordar el beso en la frente de la noche anterior y, sobre todo, el susurro de Abbie. “Mamá Emma”. Esas dos palabras seguían vibrando en su pecho como una campana de cristal.
De pronto, Abbie soltó un pequeño suspiro y se estiró, abriendo los ojos lentamente. Al ver a Emma y a su padre allí, a ras de suelo, una sonrisa radiante iluminó su cara.
—¿Sigue siendo el campamento? —preguntó Abbie en un susurro cómplice.
—Sigue siendo pequeña —respondió Emma, dándole un beso en la sien—. Pero creo que el dragón del castillo todavía está durmiendo.
Axel, que en realidad se había despertado apenas escuchó la voz de Abbie, entreabrió los ojos con una media sonrisa. —Este dragón solo se despierta si hay una buena razón... o si alguien le trae café.
Abbie soltó una carcajada y se lanzó sobre él, llenándolo de abrazos. Axel la rodeó con sus brazos fuertes, riendo de una forma que Emma nunca había escuchado en la oficina: una risa profunda, sincera, que llenaba todo el salón.
—¡Emma es la reina del castillo y yo soy la princesa! —gritó Abbie, trepándose a la espalda de su padre—. ¡Tú tienes que protegernos!
—Lo haré, Abbie. Siempre —dijo Axel, y su mirada se desvió hacia Emma con una intensidad que la hizo sonrojar. Ya no era solo una promesa a su hija; era una promesa a la mujer que había transformado su casa en un hogar.