Durante las siguientes dos semanas, la mansión Vane se convirtió en el escenario de una conspiración silenciosa y dulce. Axel y Abbie aprovechaban las mañanas de los sábados, cuando Emma creía que ellos iban a clases de equitación o de tenis, para escabullirse al fondo del jardín.
El trabajo era duro. El hierro del invernadero estaba oxidado y muchos cristales se habían quebrado por el peso de las ramas caídas. Axel se quitó la camisa de vestir y se puso una camiseta gris de algodón y unos vaqueros viejos. Abbie, con unos guantes de jardinería que le quedaban gigantescos, se encargaba de arrancar la maleza pequeña.
—¡Mira, papá! ¡Encontré una mariquita! —gritaba Abbie, mostrándole el insecto en su guante.
Axel se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo y sonreía. El trabajo físico lo ayudó a calmar su mente. A veces, mientras lijaba el hierro, se descubría a sí mismo pensando en Emma. Pensaba en cómo se vería ella allí dentro, rodeada de luz y hojas verdes, con su risa suave que parecía curar las esquinas frías de la casa. Sacudía la cabeza para alejar esos pensamientos. Es solo gratitud , se repetía. Ella cuida a mi hija, es lo mínimo que puedo hacer .
Un sábado al mediodía, regresaron a la casa principal cubiertos de polvo y manchas de tierra. Emma los estaba esperando en el porche, con los brazos cruzados y una ceja arqueada, pero con una sonrisa divertida que delataba que no estaba realmente enfadada.
—Vaya, vaya. ¿Las clases de equitación ahora se dan en el lodo? —preguntó Emma, acercándose con una toalla limpia.
Abbie miró a su padre, aterrada de arruinar el secreto. Axel Carraspeó sintiéndose como un niño pequeño atrapado en una travesura por primera vez en sus treinta y tres años de vida.
—Tuvimos... un pequeño percance con una pelota de tenis que cayó en los matorralales viejos —improvisó Axel, rascándose la nuca—. Abbie insistió en recuperarla personalmente.
Emma soltó una risita suave y se acercó a Axel. Sin pensarlo mucho, levantó la toalla y le limpió una mancha de hollín que tenía en la mejilla izquierda. El contacto de la mano de Emma, separada solo por la tela de la toalla, hizo que Axel se congelara. Su respiración se detuvo por un segundo. Estaba tan cerca que podía oler el jabón de lavanda de la piel de ella. Los ojos de Emma, llenos de una calidez maternal y sencilla, bajaron un segundo a los labios de él antes de volver a sus ojos.
Emma también se dio cuenta de la cercanía y dio un paso atrás, carraspeando un poco avergonzada. El aire entre los dos se volvió denso, cargado de una electricidad que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Bueno... vayan a lavarse. Preparé empanadas para el almuerzo —dijo Emma, dando la vuelta rápidamente para entrar a la casa.
Axel se quedó en el porche, con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. No había sido una declaración de amor ni un beso. Había sido un roce torpe en la mejilla con una toalla de algodón. Y sin embargo, lo había sacudido hasta la médula. Miró a Abbie, que le guiñó un ojo con complicidad infantil. El secreto del invernadero no solo estaba transformando el jardín; estaba empezando a desenterrar sentimientos que Axel creía sepultados para siempre bajo el mármol de su dolor.