Esa noche, cuando la casa ya dormía, Axel bajó a la biblioteca. La culpa volvía a apretarle el pecho. Se sentó frente al cuadro de Florencia y suspiró. Se sentía como un traidor por haber sentido esa chispa eléctrica con Emma en el porche.
Tomó uno de los diarios de Florencia que Emma había recuperado de Victoria. Lo abrió al azar, buscando el refugio de los recuerdos de su difunta esposa, pero se encontró con unas palabras escritas en los márgenes que nunca había notado antes:
"Axel es tan serio que a veces me da miedo que su seriedad lo consuma si yo algún día falto. Si me pasa algo, espero que el universo le envíe a alguien que le enseñe a reír de nuevo en el suelo, alguien que no tenga miedo de ensuciarse los zapatos. El amor no se gasta, se multiplica."
Axel cerró el diario con las manos temblorosas. Lágrimas silenciosas corrieron por sus mejillas. No eran lágrimas de tristeza por la pérdida, sino de una liberación dolorosa. Florencia no quería que él viviera como un monje de luto durante el resto de su vida. Ella quería que él volviera a reír. Y Emma... Emma era exactamente la mujer de la que hablaba el diario.
Miró el plano del invernadero sobre la mesa. Ya no era un regalo de simple gratitud. Era un puente entre su pasado y un futuro que, poco a poco, empezaba a parecer menos aterrador. No se lo diría a Emma hoy ni mañana. Dejaría que el tiempo curara las heridas a su propio ritmo lento. Pero por primera vez en tres años, la culpa no se sintió como una cadena, sino como una vieja amiga que finalmente le daba permiso para respirar.
El sábado amaneció con un sol tibio de primavera que se filtraba entre las cortinas de la habitación de juegos de Abbie. La niña no había podido dormir bien de la emoción; el gran secreto que había guardado con su padre durante semanas finalmente vería la luz.
Emma estaba abajo en la cocina, preparándose un café con leche y revisando unas notas de la Fundación. Llevaba unos vaqueros gastados y un jersey de lana color crema que le quedaba un poco grande, su cabello recogido en una trenza desordenada. Se veía hermosa en su sencillez.
De pronto, Abbie entró corriendo a la cocina. No llevaba su uniforme de tenis, sino un vestido de algodón amarillo con pequeñas flores bordadas que Emma le había ayudado a elegir la semana anterior. Detrás de ella venía Axel. No vestía de traje. Llevaba unos pantalones chinos oscuros y una camisa de lino azul con las mangas remangadas. Sus ojos azules brillaban con una luz traviesa que Emma rara vez veía.
—¡Emma! ¡Emma! Tienes que venir con nosotros al fondo del jardín —exclamó Abbie, tirando de la manga del jersey de Emma—. ¡Papá y yo encontramos algo que tienes que ver!
Emma miró a Axel, arqueando una ceja con diversión. —¿Otra pelota de tenis perdida entre los matorrales, señor Vane?
Axel Carraspeó, sintiendo un ligero rubor en las mejillas, pero sostuvo la mirada de Emma con una sonrisa cálida. —Esta vez es algo un poco más grande que una pelota de tenis, Emma. Por favor, acompáñanos.
Intrigada, Emma se dejó guiar. Abbie la tomó de una mano y Axel, tras dudarlo un segundo, se colocó al otro lado. Sus hombros se rozaban al caminar por el sendero de piedra que serpenteaba bajo los sauces llorones. El aire olía a tierra húmeda y a hierba fresca. Llegaron a la zona más salvaje de la propiedad, un rincón que Emma siempre había evitado porque la vegetación era demasiado densa.
—¡Cierra los ojos, Emma! —ordenó Abbie, deteniéndose en seco.
Emma rió, pero obedeció. Cerró los ojos y sintió la pequeña mano de Abbie guiándola unos pasos más. Axel se colocó detrás de ella, y por un segundo, Emma sintió el calor de su pecho cerca de su espalda. Su respiración se aceleró sutilmente.
—Ahora... ¡ábrelos! —gritó Abbie con júbilo.
Emma abrió los ojos y el aire se le escapó de los pulmones. Frente a ella, donde antes solo había maleza y hiedra seca, se alzaba una estructura de ensueño. Era un antiguo invernadero de cristal y hierro forjado de estilo victoriano. El hierro había sido lijado y pintado de un hueso blanco impoluto. Los cristales, limpios hasta el cansancio, brillaban bajo el sol de la mañana como diamantes gigantescos.