El Refugio de Tu Mirada

El Aroma de las Margaritas

Emma dio un paso adelante, como si tuviera miedo de que la visión desapareciera si se movía demasiado rápido. Empujó la pesada puerta de hierro, que se abrió sin emitir un solo chirrido gracias al aceite que Axel le había puesto la tarde anterior.

Al entrar, el aroma a tierra fértil y a flores frescas la envolvió. El suelo de baldosas hidráulicas antiguas había sido lavado a fondo. En el centro, había una mesa de madera rústica de jardinero y dos sillas de hierro forjado. Pero lo que hizo que a Emma se le llenaran los ojos de lágrimas fueron los estantes de madera que rodeaban las paredes de cristal.

Estaban llenas. Macetas de barro de todos los tamaños que contienen helechos, lavandas, romero y, sobre todo, filas enteras de margaritas blancas y amarillas. Las flores favoritas de Emma.

—Abbie me dijo que te gustaban las margaritas —dijo Axel, colocándose a su lado en el interior del invernadero. Su voz era baja, cargada de una timidez inusual en un hombre de negocios. —Sé que es... algo sencillo. Pero pensé que te gustaría tener un lugar propio en esta casa. Un lugar que no fuera la oficina ni la habitación de Abbie. Tu rincón.

Emma se giró hacia él. Las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas, pero eran lágrimas de pura felicidad. Miró a Abbie, que la miró con los ojos brillantes de ilusión, y luego miró a Axel.

—Es... es el regalo más hermoso que me han hecho en toda mi vida, Axel —susurró Emma, ​​con la voz rota por la emoción—. No puedo creer que ustedes dos hayan hecho todo este trabajo por mí.

—¡No fue solo papá! ¡Yo arranqué los matorrales feos! —exclamó Abbie, saltando de alegría.

—¡Y lo hiciste de maravilla, pequeña jardinera! —Emma se arrodilló en el suelo de baldosas y abrió los brazos. Abbie se lanzó a ellos, riendo a carcajadas. Emma la estrechó con fuerza, besándole la coronilla. —Eres la niña más buena del mundo entero, Abbie. Gracias de todo corazón.

Axel las observaba desde arriba, con las manos en los bolsillos, sintiendo que algo muy duro y frío dentro de su pecho terminaba de derretirse por completo. Ver a Emma en el suelo del invernadero de su madre, rodeada de luz y margaritas, abrazando a su hija, era la imagen de la paz que tanto había buscado.




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