El Refugio de Tu Mirada

Música de Cristal

El pronóstico había anunciado lluvia y no se había equivocado. Desde el amanecer, un cielo gris plomo cubría Nueva York, y para el mediodía, el agua caía en cortinas pesadas sobre los jardines de la mansión. En cualquier otro momento de su vida, Axel habría considerado un día así como gris y deprimente, ideal solo para encerrarse en su despacho de la Torre Vane a revisar hojas de cálculo.

Pero hoy era diferente. Hoy el sonido del agua golpeando los cristales no se sintió como una condena, sino como una melodía de fondo.

-¡Papá! ¡Apurate! ¡Emma ya tiene las mantas listas en el invernadero! —El grito entusiasmado de Abbie resonó en el vestíbulo.

Axel sonriendo para sus adentros mientras guardaba su computadora portátil en su maletín de cuero. Se quitó los zapatos de vestir y se puso unas zapatillas cómodas, reemplazando su americana por un jersey de lana azul marino de cuello alto. Cuando llegó al invernadero, cruzando el jardín bajo un gran paraguas negro, se detuvo un segundo antes de abrir la puerta de hierro.

La escena que vio a través del cristal empañado era la viva imagen de la paz. Emma había arrastrado una alfombra mullida al centro del invernadero. Estaba sentada con las piernas cruzadas, rodeada de cojines de colores. Abbie estaba tumbada boca abajo a su lado, con la barbilla apoyada en las palmas de las manos y los pies descalzos columpiándose en el aire. Entre las dos había una pila de libros de cuentos ilustrados. El vapor de dos tazas de chocolate caliente subía en espirales perezosas hacia la cúpula de cristal.

Axel empujó la puerta. El chirrido metálico hizo que ambas levantaran la vista.

—Llegas justo a tiempo, papá —dijo Abbie, palmeando un cojín vacío al lado de Emma—. Emma está a punto de empezar el cuento del caballero que no sabía sonreír. Dice que se parece un poco a ti.

Axel arqueó una ceja, mirando a Emma con fingida indignación. Emma soltó una risita suave y se encogió de hombros, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el calor del chocolate y la cercanía de Axel.

—Solo fue un paralelismo literario, señor Vane —se defendió Emma con una sonrisa traviesa—. No se lo tome como algo personal.

Axel se sentó en el cojín que Abbie le había indicado. Quedó peligrosamente cerca de Emma. Podía oler su perfume de lavanda mezclado con el aroma a cacao y tierra húmeda del invernadero. Sacó su computadora y la apoyó en sus rodillas.

—Ustedes sigan con lo suyo —dijo Axel, aclarándose la garganta para recuperar su compostura de hombre de negocios—. Tengo que revisar el cierre del mercado de Londres. Ignórenme por completo.




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