Emma asintió y abrió el libro de tapas duras. Axel abrió un archivo de Excel lleno de números y gráficos financieros, pero su mente no estaba en Londres. Estaba a escasos centímetros de él.
— “Había una vez” —comenzó Emma. Su voz era dulce, modulada, cambiando sutilmente el tono para interpretar al rey gruñón, a la princesa valiente y al dragón incomprendido.—“En un reino de piedra y niebla, vivía un caballero con una armadura tan pesada que ya no recordaba cómo se sentía el viento en la cara…”
Axel tecleaba mecánicamente en su computadora, pero sus ojos no leían los números. Leia las expresiones de Emma. La veía gesticular con las manos, abrir mucho los ojos para crear suspenso, y sonreírle a Abbie cada vez que la niña la interrumpía con una pregunta ingenua.
Pasaron los minutos y el Excel seguía intacto en la pantalla de Axel. El cursor parpadeaba de forma acusadora sobre la misma celda desde hacía un cuarto de hora. Axel se descubrió a sí mismo apoyando la barbilla en la mano, completamente absorto no en la historia del caballero, sino en la mujer que la contaba.
Se fijó en los pequeños detalles que antes le pasaban desapercibidos: la forma en que un mechón rebelde de cabello castaño caía sobre la frente de Emma, la pequeña peca que tenía cerca de la comisura de los labios, y la ternura infinita con la que miraba a Abbie. Emma no fingía querer a la niña; la amaba con la pureza de una madre.
De repente, Emma se detuvo a mitad de una frase y levantó la vista del libro. Sus ojos color avellana chocaron directamente con los azules de Axel. Lo había atrapado mirándola fijamente.
Axel sintió un vuelco en el estómago. Rápidamente, bajó la vista a la computadora y empezó a teclear letras al azar, fingiendo una concentración extrema que no engañaba a nadie.
— ¿Pasa algo, señor Vane? —preguntó Emma, su voz teñida de una diversión contenida.
—No, nada, Williams. Sigue, por favor —respondió Axel, carraspeando un poco avergonzado—. Es solo que el mercado de divisas está... muy volátil hoy.
Abbie soltó una risita por lo bajo y le susurró a Emma, aunque Axel la escuchó perfectamente: —Papá no está mirando los números, Emma. Está mirando tus dibujos del libro.
Emma sonrió y volvió al cuento, pero Axel notó que sus mejillas se habían teñido de un rosa intenso. El aire en el invernadero, antes fresco por la lluvia, de repente se sintió cálido y denso. El roce accidental de sus rodillas sobre la alfombra mandaba descargas eléctricas por la columna de Axel. No era una declaración de amor pomposa; era la belleza sutil de compartir un espacio sencillo, de aprender a convivir bajo el mismo techo sin miedo a las sombras del pasado.