La tarde dio paso a una noche cerrada. Las luces del jardín de la mansión se encendieron automáticamente, proyectando halos dorados sobre las gotas de lluvia que seguían golpeando rítmicamente la cúpula de cristal del invernadero. Dentro, el ambiente era mágico. Abbie seguía profundamente dormida sobre el regazo de Emma, ajena al paso de las horas.
Axel se puso de pie en silencio, estirando las piernas. Miró a Emma, que le sonreía con cansancio pero con una paz infinita en el rostro.
—No podemos moverla sin despertarla, ¿verdad? —susurró Axel, bajando la voz para no romper el encanto.
—Está en ese sueño profundo de los niños, Axel —respondió Emma en el mismo tono—. Si la levantamos ahora, se asustará del frío del pasillo. Además... aquí dentro se está tan bien.
Axel asintió. Sacó su teléfono y marcó un número interno de la casa. —Silvia, ¿podrías prepararnos algo sencillo para cenar? Nada de etiqueta. Quesos, empanadas templadas, fruta fresca... y ponlo todo en una cesta de picnic. Tráelo al invernadero, por favor. Y trae un termo con té de manzanilla.
Emma lo miró sorprendida. El gran Axel Vane, el hombre que cenaba en restaurantes con estrellas Michelin y discutía fusiones millonarias sobre manteles de hilo, estaba pidiendo un picnic improvisado en el suelo de un invernadero lleno de tierra y macetas.
Quince minutos después, la puerta de hierro crujió suavemente. Silvia, la ama de llaves, entró con una gran cesta de mimbre y una sonrisa maternal que no pudo ocultar al ver a sus jefes en el suelo de la alfombra. Dejó la cesta y se retiró en silencio, cerrando la puerta tras de sí.
Axel se arrodilló de nuevo en la alfombra y empezó a sacar las cosas. No había prisa. Encendió tres velas más de vainilla y las colocó en platitos de barro, creando un círculo de luz dorada a su alrededor.