El sol del domingo entró con una fuerza renovada, secando los charcos del jardín y haciendo que los cristales del invernadero brillaran como si hubieran sido pulidos por ángeles. Dentro de la mansión, el ambiente había cambiado. Ya no era el silencio sepulcral de un museo; ahora se escuchaba el murmullo de la radio en la cocina y el corretear de Abbie por los pasillos.
Emma estaba sentada en la alfombra del cuarto de juegos, rodeada de cartulinas, tijeras de punta redonda y botes de purpurina. Abbie tenía una misión escolar importante: "La Caja de mis Tesoros Familiares".
—Emma, la maestra dijo que tenemos que poner cosas que cuenten quiénes somos —explicó Abbie con mucha seriedad, mientras intentaba pegar un recorte de revista—. Pero yo no sé qué poner de antes... de cuando yo era bebé.
Axel apareció en el umbral, con una taza de café en la mano y vistiendo ropa cómoda. Se quedó observándolas un momento. Ver a Emma con el cabello recogido en un moño alto, con una mancha de pegamento en la mejilla y concentrada en ayudar a su hija, le recordaba por qué su mundo se sentía tan distinto ahora.
—Creo que yo puedo ayudar con eso, princesa —dijo Axel, sentándose en el suelo con ellas, algo que ya empezaba a hacer sin pensarlo dos veces—. Tengo una caja en el ático que no he abierto en mucho tiempo.
Axel subió y regresó unos minutos después con una pequeña maleta de cuero gastado. Al abrirla, un suave aroma a papel viejo y sándalo inundó la habitación. Emma se acercó, curiosa pero respetuosa. Sabía que esa maleta contenía los fragmentos de la vida de Axel antes de que el éxito y la tragedia lo endurecieran.
—Mira, Abbie —dijo Axel, sacando una fotografía pequeña y amarillenta—. Este era yo cuando tenía tu edad.
Abbie soltó una carcajada. En la foto, un pequeño Axel de unos seis años posaba con un uniforme escolar impecable, pero tenía una expresión de absoluta rebeldía y el cabello revuelto.
—¡Te ves muy gracioso, papá! ¡Tienes la misma cara de cuando no quieres comer brócoli! —exclamó la niña, pegando la foto en su caja de cartón.
Axel rió, una risa suave que llegó hasta sus ojos. Luego, sus dedos rozaron algo en el fondo de la maleta. Sacó un pequeño caballito de madera, tallado a mano, con una de las orejas un poco astillada.
—Este fue mi primer juguete —susurró Axel, pasándole el objeto a Emma—. Mi abuelo lo talló para mí. Decía que un hombre siempre debe tener algo hecho con sus propias manos para recordar que el esfuerzo es lo que da valor a las cosas.
Emma tomó el caballito. Sintió la madera suave por el paso de los años. Era un objeto humilde, carente de los lujos que ahora rodeaban a Axel, y eso lo hacía precioso a sus ojos.
—Es hermoso, Axel —dijo Emma, mirándolo con una ternura que hizo que él bajara la vista, intimidado por la intensidad de la conexión—. Se nota que fue muy amado.
—Ahora te toca a ti, Emma —dijo Abbie, tirando de su brazo—. Tienes que poner algo tuyo en mi caja. Porque tú eres de mi familia.
Emma sintió un nudo en la garganta. Ella no tenía maletas de cuero con recuerdos de su infancia. Lo poco que poseía cabía en una pequeña caja de zapatos que guardaba en su armario. Se levantó, fue a su habitación y regresó con un trozo de cinta de raso azul, un poco deshilachada, y una piedra redonda y lisa que parecía sacada de un río.