No fueron al gran comedor de caoba. Se quedaron en la cocina, sentados en los taburetes altos de la isla de mármol. Axel sirvió dos copas de vino tinto y puso la pasta en platos sencillos.
—No es un banquete de Estado —dijo Axel, probando un bocado—, pero sabe mejor que cualquier cosa que haya comido en un restaurante de cinco estrellas.
—Es porque la hiciste tú, Axel —respondió Emma, saboreando la comida con deleite—. Bueno, la hicimos los dos. El esfuerzo manual le da un sabor que el dinero no puede comprar.
Cenaron hablando de cosas nimias: de los dibujos de Abbie, de los planes para el invernadero y de cómo el jardín estaba empezando a despertar con la primavera. Axel se encontró contándole anécdotas de su infancia que nunca le había dicho a nadie, ni siquiera a Florencia. Le habló de su miedo a la oscuridad cuando era niño y de cómo su madre solía cantarle en francés para que se durmiera.
Emma lo escuchaba con una atención magnética. Para ella, Axel ya no era el pedestal de mármol que representaba el poder; era un hombre con capas, con cicatrices y con una capacidad de asombro que estaba volviendo a nacer.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Emma? —preguntó Axel, dejando su copa de lado y mirándola con una honestidad desarmante.
Emma sintió que su corazón daba un vuelco. —¿Qué es, Axel?
—Que no me miras por lo que tengo en el banco. Me miras como si fuera... simplemente un hombre. Un hombre que a veces se equivoca con la sal y que tiene harina en el pelo. Me haces sentir normal. Y no sabía cuánto extrañaba la normalidad hasta que llegaste tú.
Emma bajó la vista hacia su plato, sintiendo un nudo de ternura en la garganta. —Eres un buen hombre, Axel. Solo necesitabas que alguien te recordara que está bien quitarse la armadura de vez en cuando.
Al terminar, Axel ayudó a Emma a recoger todo. Cuando ya estaban por despedirse para ir a sus respectivas habitaciones, él la detuvo en el pasillo, cerca de la gran escalera.
—Emma... —dijo él, su mano rozando el barandal de madera.
—¿Sí?
—Gracias por la clase de cocina. Y gracias por... por estar aquí esta noche. Mañana tengo que volver a ser el "Señor Vane" para una junta importante, pero me llevaré este sabor a albahaca y risas conmigo.
Axel se inclinó y, siguiendo su nuevo ritual de respeto y afecto contenido, le dio un beso suave en la mejilla, justo cerca de la oreja. Fue un contacto cálido que dejó a Emma temblando sutilmente.
—Buenas noches, Chef Axel —susurró ella con una sonrisa.
—Buenas noches, niñera —respondió él con un guiño antes de desaparecer escaleras arriba.
Emma se quedó sola en el pasillo, escuchando el latido de su propio corazón. Sabía que la historia de amor se estaba escribiendo letra a letra, sin prisas, con la paciencia de quien sabe que lo mejor está por venir. Habían cenado pasta quemada y se habían manchado de harina, pero en esa cocina de mármol frío, el calor de un verdadero hogar se había encendido para no apagarse nunca.