El lunes amaneció con un sol radiante que entraba a raudales por los ventanales de la cocina. Era el día de la presentación en la escuela de Abbie, y los nervios se sentían en el aire, mezclados con el aroma a tostadas y café. Abbie estaba sentada a la mesa, vestida con su uniforme impecable, pero sus pies no paraban de balancearse bajo la silla.
Sobre la mesa, la "Caja de Tesoros" brillaba con luz propia. Emma le había ayudado a pegar los últimos detalles: la cinta de raso azul del orfanato, el caballito de madera de Axel (que él mismo insistió en incluir) y una foto que se habían tomado los tres el día de la tormenta, iluminados solo por la luz de las velas.
—¿Y si a los otros niños no les gustan mis tesoros? —preguntó Abbie, bajando la vista hacia su plato de cereales—. Sus papás ponen fotos de viajes a Disney o de barcos grandes. Yo puse una piedra de río y una cinta vieja.
Emma se sentó a su lado y le tomó la barbilla con suavidad, obligándola a mirarla a los ojos. —Abbie, los tesoros más grandes no son los que cuestan mucho dinero, sino los que tienen una historia que solo tú puedes contar. Esa piedra de río significa que eres fuerte. Esa cinta significa que siempre hay esperanza. Y esa foto... esa foto significa que somos un equipo.
Axel entró en la cocina justo en ese momento. Llevaba su traje gris de corte italiano, listo para una reunión con los inversores de Londres, pero se detuvo al ver la carita de preocupación de su hija. Dejó su maletín sobre la encimera y se acercó a ellas.
—¿Lista para la gran presentación, princesa? —preguntó Axel, dándole un beso en la frente.
—Tengo miedo, papá. ¿Tú vas a estar ahí? —Abbie lo miró con una esperanza que le encogió el corazón.
Axel miró su reloj. La reunión empezaba en veinte minutos al otro lado de la ciudad. Demian ya lo esperaba en el coche con el motor encendido. Pero luego miró a Emma, que lo observaba en silencio, evaluando su reacción. Ella no le pidió que se quedara, pero sus ojos decían: "Esto es lo que realmente importa".