Axel suspiró y sacó su teléfono. Marcó el número de su secretaria mientras mantenía la mirada fija en Abbie. —Sandra, cancela la reunión de las nueve. Pásala para el mediodía. No me importa si los de Londres se molestan; diles que tengo un asunto de Estado inaplazable.
Colgó y le guiñó un ojo a Abbie. —No me perdería el estreno de esa caja por nada del mundo. Vamos, el "asunto de Estado" nos espera.
Emma sonrió, sintiendo un calor inmenso en el pecho. Axel estaba cambiando. El hombre que antes vivía por y para el reloj ahora estaba aprendiendo a detenerlo por amor.
Llegaron a la escuela de élite en el Upper East Side. Los otros padres bajaban de coches de lujo, entregando a sus hijos a los profesores con rapidez. Axel, en cambio, bajó del coche, tomó la mano de Abbie por un lado y la de Emma por el otro. Caminaron los tres juntos por el pasillo decorado con dibujos infantiles, formando una estampa que hizo que más de una madre se detuviera a mirar.
—¿Esa es la nueva esposa de Vane? —susurró una mujer cerca de la entrada, mirando con desdén los vaqueros sencillos y la chaqueta de punto de Emma.
Axel lo escuchó perfectamente. En lugar de ignorarlo o tensarse, apretó con más fuerza la mano de Emma y la atrajo un poco más hacia él, en un gesto de orgullo silencioso.
—Ella es Emma —dijo Axel en voz lo suficientemente alta para que se escuchara—, y es la persona más importante de nuestra casa.
Emma sintió que las mejillas le ardían, pero caminó con la cabeza en alto. Ya no se sentía como la "niñera infiltrada" o la "chica del orfanato". Se sentía como la pieza que finalmente encajaba en ese rompecabezas familiar.