La noche cayó sobre Manhattan con un despliegue de luces de neón que rebotaban en el asfalto mojado. Axel, acostumbrado a que las puertas de los restaurantes más exclusivos se abrieran con un personal que le hacía una reverencia a su paso, se encontró estacionando su lujoso sedán frente a "Burger Haven", un local de comida rápida con luces fluorescentes, suelos de baldosas a cuadros y un ruido ambiental que incluía máquinas de refrescos y gritos de niños.
Abbie saltaba en el asiento trasero, emocionada por la promesa de una cajita con juguete. Emma, sentada en el asiento del copiloto, miró de reojo a Axel. Él llevaba una camisa de lino azul impecable, pero su expresión era de absoluta desorientación, como si hubiera aterrizado en un planeta lejano.
—¿Seguro que quieres entrar, Chef Axel? —preguntó Emma, conteniendo una risita—. Todavía podemos dar la vuelta y pedirle a Silvia que prepare algo de caviar en casa.
Axel suspiró, armándose de valor, y apagó el motor. —He negociado tratados comerciales en tres continentes, Emma. Creo que puedo sobrevivir a una hamburguesa con queso. Además, Abbie tiene esa mirada de "asunto de Estado" otra vez. No puedo fallarle.
Al entrar, el choque fue inmediato. No había una anfitriona con una lista de reservas. En su lugar, había tres tótems digitales gigantes donde la gente pulsaba pantallas frenéticamente. Axel se acercó a uno de ellos con la solemnidad de quien va a firmar una ley, pero se quedó paralizado frente a la pantalla táctil que le pedía "Escanear el código de fidelidad o seleccionar idioma".
—¿Fidelidad? ¿A una hamburguesa? —susurró Axel, frunciendo el ceño—. ¿Y por qué hay tantas opciones de pepinillos? ¿Acaso el pepinillo no es una constante universal?
Emma se colocó a su lado, sintiendo el calor de su brazo rozando el suyo. Era una cercanía eléctrica en medio de la cotidianeidad del local. —Déjame ayudarte, "novato". Abbie quiere la opción A, con extra de patatas. Yo quiero la B. Y tú... tú te ves como un hombre que necesita la "Doble Suprema con Bacon", pero sin la cebolla caramelizada, porque sé que te pone de mal humor cuando se te mancha la corbata.
Axel la miró, sorprendido. —¿Cómo sabes que odio la cebolla caramelizada?
—Te observo, Axel —respondió ella con una sencillez que lo desarmó—. Observo lo que comes, cómo te tomas el café y cómo arrugas la nariz cuando algo es demasiado dulce.
Axel no respondió con palabras, pero sus ojos azules se suavizaron de una manera que hizo que Emma olvidara por un segundo que estaban en un restaurante ruidoso. Por un instante, el brillo de las luces de neón se sintió tan romántico como la luz de las velas del invernadero.