El Refugio de Tu Mirada

La etiqueta de la servilleta de papel

Finalmente, con la bandeja cargada de comida en envases de cartón y vasos de plástico gigantes, lograron encontrar una mesa en un rincón, lejos de un grupo de adolescentes ruidosos. Abbie estaba en su gloria, abriendo su juguete con dedos frenéticos, mientras Axel miraba su hamburguesa envuelta en papel brillante como si fuera un artefacto arqueológico.

—Se come con las manos, Axel —le instruyó Emma, dándole un mordisco a la suya sin ninguna pretensión—. No busques los cubiertos de plata, no van a venir.

Axel tomó la hamburguesa, intentando mantener su elegancia natural. Al primer bocado, una gota de salsa cayó peligrosamente cerca de su camisa de quinientos dólares. Emma, con un reflejo rápido, tomó una servilleta de papel y, antes de que él pudiera reaccionar, se estiró sobre la mesa y le limpió la comisura de los labios.

El tiempo se detuvo. El ruido de las máquinas de refrescos desapareció. La mano de Emma, suave y cálida, permaneció un segundo de más sobre la mejilla de Axel. Él cerró los ojos por un breve instante, disfrutando del contacto. Cuando los abrió, su mirada era profunda, cargada de una vulnerabilidad que solo mostraba con ella.

—Gracias, Emma —susurró él, su voz vibrando por encima del bullicio—. Por la limpieza... y por traerme aquí. Tenías razón. Es... liberador. Nadie me mira esperando que sea el "Señor Vane". Soy solo un tipo con una hamburguesa.

—Un tipo muy guapo con una hamburguesa —corrigió Emma, sonrojándose inmediatamente por su propia audacia.

Abbie, que estaba ocupada montando un pequeño dinosaurio de plástico, levantó la vista y sonrió con los dientes manchados de chocolate. —¡Emma tiene razón, papá! Te ves más joven cuando te ríes. ¿Podemos venir todos los martes? Así Emma no tiene que cocinar y nosotros podemos ser... ¿cómo se dice? ¿Normales?

—Podemos ser lo que ustedes quieran, princesa —respondió Axel, estirando su mano sobre la mesa de plástico naranja para rozar los dedos de Emma—. Mientras estemos los tres, el lugar es lo de menos.

Emma sintió que su corazón se ensanchaba. En esa mesa barata, rodeados de extraños y de olor a aceite frito, se sentía más en casa que en cualquier rincón de la mansión. Axel ya no estaba fingiendo; estaba aprendiendo a vivir de nuevo, y lo estaba haciendo de la mano de ella.




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