Esa misma tarde, Axel regresó de la oficina antes de lo habitual. Pero no venía con las manos vacías. Traía una caja alargada, envuelta en papel de estraza sencillo, atada con un cordel de cáñamo. No era el tipo de envoltorio de las joyerías de la Quinta Avenida.
Buscó a Emma en el invernadero. Ella estaba sentada en la mesa de madera, con su viejo cuaderno de notas abierto, escribiendo frenéticamente. Al verlo entrar, intentó cerrar el cuaderno, avergonzada de su "secreto" de escritora.
—No lo cierres, Emma —dijo Axel, acercándose con una sonrisa suave—. He estado prestando atención. Sé que pasas las noches en vela escribiendo historias. Abbie me lo contó. Dice que eres una maga de las palabras.
Emma se mordió el labio, nerviosa. —Son solo cuentos, Axel. Fantasías de alguien que nunca salió de un orfanato.
—Son mucho más que eso. Son tu voz. Y quiero que esa voz tenga el instrumento que se merece —Axel le extendió la caja—. Esto no es una joya, ni un vestido caro. Es... una herramienta para tus sueños.
Emma tomó la caja con curiosidad. Al abrirla, soltó un pequeño grito de asombro. Dentro había una máquina de escribir antigua, de los años 50, restaurada a la perfección. Era de un color verde agua suave, con las teclas de baquelita blanca que brillaban bajo la luz del invernadero.
—Es... es una Underwood portátil —susurró Emma, acariciando las teclas con dedos temblorosos—. Axel, ¿dónde la encontraste?
—La busqué en una tienda de antigüedades en Greenwich Village —confesó él, rascándose la nuca con una timidez que lo hacía ver diez años más joven—. El hombre que la restauró dijo que perteneció a un periodista que viajó por todo el mundo. Pensé que, si vas a escribir tu gran novela, deberías hacerlo en algo que tenga historia. Para que te recuerde que tu propia historia es valiosa.
Emma se levantó y, sin poder contenerse más, rodeó el cuello de Axel con sus brazos en un abrazo espontáneo y lleno de gratitud. Axel se quedó rígido por un segundo, sorprendido por el contacto, pero luego sus brazos se cerraron alrededor de la cintura de ella, atrayéndola contra su pecho.
—Gracias, Axel —susurró ella contra su hombro—. Nadie me había hecho un regalo que hablara tanto de quién soy de verdad.
—Es porque ahora te veo, Emma —respondió él, hundiendo su rostro en el aroma a lavanda de su cabello—. Te veo de verdad. Y quiero que el mundo también te vea a través de tus palabras.