Se quedaron así, abrazados en el silencio del invernadero, mientras el sol empezaba a ponerse tras los edificios de Manhattan. La máquina de escribir descansaba sobre la mesa, un puente entre la humildad del pasado de Emma y la solidez del presente de Axel.
—¿Qué vas a escribir primero? —preguntó Axel, soltándola poco a poco pero manteniendo sus manos en la cintura de ella.
Emma sonrió, sus ojos brillando con una chispa de travesura y esperanza. —Creo que voy a escribir sobre un caballero que tenía una armadura de hielo y una niña que coleccionaba piedras de río. Y sobre cómo una chica sencilla aprendió que no necesitaba ser una princesa para tener un castillo de cristal.
Axel se rió, una risa limpia que espantó los últimos restos de melancolía de la habitación. —Me parece una historia excelente. Pero recuerda el final.
—¿Cuál es el final? —preguntó ella, acercándose un poco más.
—Que el caballero no fue salvado por una espada, sino por la verdad de un dibujo hecho con ceras de colores —respondió Axel, inclinándose para darle un beso casto en la frente—. Y que el "felices por siempre" no es el final, sino el comienzo de cada mañana.
Abbie entró corriendo en ese momento, viendo a los dos tan cerca y la máquina de escribir sobre la mesa. —¡Oh! ¡La máquina de clac-clac-clac! —gritó la niña, saltando de alegría—. ¡Emma, ahora puedes escribir mi cuento de los gnomos!
Axel y Emma se miraron, compartiendo una sonrisa de complicidad. La "niñera humilde" y el "magnate" estaban desapareciendo para dar paso a algo mucho más real: una familia que se elegía cada día, entre el sonido de las teclas de una vieja máquina y los colores de un dibujo infantil. El fuego lento seguía ardiendo, pero ahora, la llama era lo suficientemente fuerte como para iluminar todo el camino que tenían por delante.