La invitación de terciopelo azul no era solo un pase a una fiesta; era un desafío. Axel sabía que, al llevar a Emma, estaba declarando la guerra a los sectores más conservadores de su propia familia.
—Emma, la gala de la Fundación no es solo caridad —explicó Axel esa noche, mientras observaba la ciudad desde el gran ventanal—. Es el feudo de mi tía abuela, Beatriz. Ella es la que decide quién es "digno" de entrar en el círculo de los Vane. Victoria Miller ya no es nadie, sus cenizas ni siquiera manchan nuestras alfombras, pero Beatriz... Beatriz es el pasado que se niega a morir.
Emma sintió un escalofrío. Sabía que enfrentarse a una enemiga externa era difícil, pero enfrentarse a la familia de Axel era entrar en terreno minado.
—¿Por qué quieres que vaya, Axel? —preguntó Emma con voz queda—. Beatriz me verá como una mancha en tu impecable historial. Soy la niñera que se olvidó de su lugar.
Axel se acercó y le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a ver la chispa de rebelión en sus ojos azules. —Porque estoy cansado de vivir bajo las reglas de personas que solo valoran el apellido. Florencia sufrió mucho intentando encajar en los moldes de Beatriz. No voy a dejar que te pase lo mismo a ti. Quiero que el mundo vea que mi felicidad no depende de un contrato matrimonial, sino de la mujer que me devolvió la vida.
El Metropolitan Museum resplandecía. Emma, con su vestido vintage de seda negra y su piedra de río al cuello, caminaba del brazo de Axel sintiendo que cada par de ojos en el salón la escaneaba como si fuera un error en una pintura perfecta.
En el centro del salón, sentada en una silla que parecía un trono de terciopelo, estaba Beatriz Vane. Su cabello era de un blanco plateado perfecto, y sus ojos, del mismo azul gélido que los de Axel, no mostraron ni una pizca de calidez cuando los vio acercarse.
—Axel —dijo Beatriz, su voz era un susurro afilado como un diamante—. Sabía que tu luto terminaría algún día, pero nunca imaginé que tu gusto descendería hasta los niveles del... personal doméstico.
El silencio se hizo absoluto a su alrededor. Los invitados fingían mirar las estatuas egipcias, pero todos estaban pendientes del choque de trenes entre el heredero y la matriarca.
—Tía Beatriz —respondió Axel, manteniendo una calma aterradora—, te presento a Emma Williams. Ella es la razón por la que la Fundación ha recaudado más este trimestre que en los últimos tres años juntos. Su "gusto", como tú lo llamas, es lo que ha salvado a mi hija del silencio.
Beatriz recorrió a Emma con la mirada, deteniéndose en la sencilla cadena de plata y la piedra de río. Soltó una risita seca, cargada de desprecio. —Una piedra de río en una gala de la Fundación Vane. Qué... rústico. Dime, muchacha, ¿de qué orfanato dijiste que te rescató mi sobrino? Porque el olor a beneficencia se nota a leguas, por más seda que intentes ponerte encima.
Emma sintió que la sangre se le congelaba, pero recordó el invernadero, el aroma a margaritas y la carta de Florencia. Ella no era una víctima; era la guardiana de la felicidad de Axel.
—No me rescató de ningún lado, señora Vane —dijo Emma, manteniendo la voz firme y la espalda recta—. Yo elegí trabajar para esta familia porque vi a una niña que necesitaba amor, no joyas. Y si mi presencia le molesta, quizás es porque esta piedra de río es lo único real en este salón lleno de diamantes sintéticos.
Beatriz apretó su bastón de plata con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Nunca nadie, y mucho menos una "empleada", se había atrevido a responderle así.
—Axel, saca a esta mujer de aquí antes de que llame a seguridad —ordenó Beatriz, su voz temblando de furia contenida.
Axel no se movió. Al contrario, rodeó la cintura de Emma con su brazo, pegándola a él en un gesto de posesión absoluta que dejó a todos sin aliento. —Si Emma se va, yo me voy con ella, tía. Y me llevaré la Fundación, las inversiones y el nombre de mi padre conmigo. Tú decides si prefieres mantener tus prejuicios o mantener el legado de la familia. Porque para mí, Emma es mi familia ahora.