El lunes por la mañana, la paz de la mansión estalló por los aires. El "New York Chronicle" publicó en su portada una foto de Emma saliendo del orfanato de San Judas hace años, con una maleta raída y una expresión de desamparo. El titular era una daga: "¿La nueva Cenicienta o una oportunista infiltrada? El oscuro pasado de la niñera de los Vane".
Beatriz Vane no se había quedado de brazos cruzados. Había filtrado detalles distorsionados sobre el origen de Emma, sugiriendo que su llegada a la mansión no fue casualidad, sino un plan calculado para seducir al viudo más codiciado de la ciudad.
Axel entró en la cocina con el periódico arrugado en la mano. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra. Emma estaba sentada a la mesa, con el rostro pálido y los ojos fijos en su reflejo en la taza de café.
—Emma, escúchame —dijo Axel, arrodillándose frente a ella para obligarla a mirarlo—. No creas ni una palabra de lo que dice esa basura. Beatriz está desesperada porque no pudo doblegarte en la gala.
—Axel, están diciendo que soy una estafadora —susurró Emma, con la voz quebrada—. Están acosando al orfanato, haciendo preguntas sobre mis padres... sobre cosas que ni yo misma sé. No quiero que mi pasado manche tu apellido ni la felicidad de Abbie. Quizás... quizás lo mejor sea que me vaya un tiempo.
Axel le tomó las manos con una firmeza que la dejó sin aliento. —No vas a ir a ningún lado. Si te vas, ellos ganan. Y yo no voy a perderte por el orgullo herido de una anciana amargada. Demian ya está preparando el coche. No vamos a quedarnos aquí para que los paparazzi nos sigan. Nos vamos a la cabaña de Adirondack. Solo nosotros tres.
El viaje hacia el norte duró cinco horas. A medida que la ciudad quedaba atrás, los rascacielos fueron reemplazados por bosques de pinos centenarios y picos nevados. Abbie, ajena al escándalo, cantaba en el asiento trasero, emocionada por la idea de ver "venados de verdad".
La cabaña de los Vane no era una mansión; era una construcción de troncos y piedra, rústica pero acogedora, escondida al final de un sendero privado junto a un lago congelado. Al llegar, el aire puro de la montaña golpeó sus rostros, llevándose consigo el olor a asfalto y chismes de la Quinta Avenida.
Esa noche, después de que Abbie se quedara dormida en una cama de madera con mantas de lana pesada, Axel y Emma se quedaron solos frente a la gran chimenea del salón. El crepitar de la leña era el único sonido en la inmensidad del bosque.
Axel servía dos copas de vino tinto cuando notó que Emma estaba de pie junto al ventanal, mirando la luna reflejada en el hielo del lago. Se acercó a ella en silencio.
—Aquí nadie puede alcanzarte, Emma —dijo él, entregándole la copa—. Beatriz no tiene poder en estas montañas. Aquí solo somos Axel y Emma. Sin apellidos, sin juntas de accionistas, sin "niñeras".
Emma tomó un sorbo de vino, sintiendo cómo el calor le devolvía la vida. —Gracias, Axel. Por no dudar de mí. En el orfanato siempre nos decían que el mundo exterior era cruel con los que no teníamos nada. Tenía miedo de que tú también lo creyeras.
Axel dejó su copa en una mesa cercana y se colocó frente a ella. La luz del fuego proyectaba sombras doradas sobre su rostro, suavizando la dureza de sus facciones. —Emma, tú lo tienes todo. Tienes una fuerza que envidio y una bondad que me asusta. No te elegí por tu pasado, te elegí por el futuro que vi en tus ojos desde el primer día.