El silencio se volvió espeso, pero no era un silencio incómodo. Era la culminación de meses de miradas robadas, de roces accidentales y de una tensión que pedía a gritos ser liberada.
Axel dio un paso adelante, rompiendo la última barrera de espacio personal. Levantó una mano y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón de cabello castaño de la frente de Emma. Sus dedos recorrieron el contorno de su oreja y se posaron en su nuca, atrayéndola suavemente hacia él.
—Llevo queriendo hacer esto desde que te vi reír en el invernadero por primera vez —susurró Axel, su aliento cálido rozando los labios de ella.
Emma cerró los ojos, sintiendo que sus piernas temblaban. —Yo también, Axel. Pero tenía miedo de que fuera un sueño.
—Entonces no despiertes —respondió él.
Axel se inclinó lentamente, dándole tiempo a ella para retroceder si quería. Pero Emma no retrocedió. Al contrario, se puso de puntillas y buscó el refugio de sus labios.
El beso fue dulce, lento y profundo. No fue un beso de urgencia, sino de descubrimiento. Sabía a vino tinto, a leña quemada y a una promesa que llevaba años esperando ser pronunciada. Axel la rodeó por la cintura, estrechándola contra su pecho como si quisiera protegerla de todo el dolor del mundo, mientras Emma enredaba sus dedos en el cabello de la nuca de él, perdiéndose en la sensación de su piel contra la suya.
En ese momento, en la soledad de la montaña, el escándalo de la prensa desapareció. Las mentiras de Beatriz se volvieron irrelevantes. Solo existían ellos dos, dos almas que habían estado rotas por diferentes motivos y que, en ese beso, encontraban finalmente la pieza que les faltaba.